Perpetua en Eribea (11)

Así que —siguió el Pampeano— cuando los que cruzaban el río de noche nos ofrecieron el Genoacelerador ese, ¿cómo les íbamos a decir que no? Contrabando o no contrabando: nos hacía falta, estábamos cagados de hambre. Yo apenas tiraba. No de albañil: yugaba de peón en uno de los pocos campos que todavía daban. Odiábamos a los del sur, pero en el fondo los creíamos mejores que nosotros. Les decíamos patacagones y todo eso, pero queríamos todo lo que tenían ellos, aunque fuera invento de los yanquis.

Entregamos muebles, tractores, granos, vino: cualquier cosa. Hasta mujeres. Todo por el Genoacelerador. Al patrón, los representantes de los chinos todavía le recibían el grano en Bahía Blanca, aunque ya no al precio de antes. No había mucha siembra, pero con el Genoacelerador parecía que salíamos del pozo: usted se sentaba en la tranquera un rato y podía ver cómo crecía el verde. Imaginesé la velocidad, Daniel. Las cantidades que iban al puerto llegaron a ser las de las buenas épocas.

Después nos enteramos que los granos degeneraban en las bodegas: para cuando llegaban a Hong Kong parecían huevos de araña. No servían para nada. A cambio del agua limpia, los yanquis les habían dado ese veneno mágico a los patacas. Para que lo testearan, digo yo. Y esos guachos, cuando se avivaron, nos lo vendieron a nosotros. Qué le voy a contar de los que lo probamos con animales. Un desastre, ni para la parrilla, después.

Los chinos nos dieron la espalda y la pampa se jodió del todo. Cuando se supo que acá había trabajo, nos vinimos en malón. En vez de subir soja al tren, nos subimos nosotros. Incluso se trepó gente que de albañilería no sabía nada. Fuimos apretados hasta Bahía Blanca. Y peor en el carguero después, con la gente de otras provincias. Murieron varios: cruzamos las boyas de advertencia que pusieron los uruguayos a sabiendas de que nos podíamos enfermar.

Me la banqué. Qué me importaba eso o el viaje largo o que los del interinato porteño insistieran en construir su capital acá cuando todos, salvo los rosarinos, ya habían votado para que fuera en Córdoba. Lo único que me importaba era que acá necesitaban brazos, y yo tenía dos. Así que me vine. A laburar. Antes de la División, algunos en mi pueblo decían que yo era un borracho y un vago. Acá nadie puede decir que no me partí el lomo.

Nos habían prometido que, cuando termináramos las obras, íbamos a poder vivir en Argirópolis como cualquier hijo de vecino. Y a varios le cumplieron, eh. Les dieron un departamento en la bandeja. Pero éramos muchos más, una ciudad no se construye de un día para el otro ni con tres o cuatro tipos. Trabajamos miles y durante años, siempre con la zanahoria de la promesa: “acá vas a tener tu casita”. A los oficiales de mi cuadrilla les cumplieron a casi todos. A mí no, por la cagada que me mandé. Pero otro día le cuento: esta zona es jodida, así que, mejor…

Y se llevó el dedo a los labios resecos.

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