Bandera roja (11)

Mirando películas uno puede hacerse una idea del mundo. Hoy descubrí que esa imagen es más la expresión de las fantasías y deseos de los guionistas, directores y expectadores, que un reflejo de la realidad. Mi madre siempre me decía que yo era un ingenuo, y tenía razón. Mirando policiales había desarrollado la idea de que el crimen dejaba huellas terribles en el criminal. Y no es así. Anoche me acosté con la idea de que debía estar inquieto y consumido por la culpa; sin embargo, no habré tardado más de cinco minutos en dormirme.

Cuando me desperté, cerca de la media mañana, estaba fresco y descansado. Me sentía bien. Me volví a poner el uniforme y fui a la cocina. En una punta del mesón estaba la lata de película donde había escondido la carpeta robada. En la otra punta estaba sentada Nora, tomando un jarro de mate cocido. Me saludó con la mano sin dejar de beber. Detrás mío entró el hermano Marcelo con un paquete de ropa en la mano, y lo dejó sobre el mesón.

—Buen día. Nora me pidió que le busque algo para que se cambie porque tiene que devolver ese uniforme. Entre todo esto tiene que haber algo que le quede.

La ropa estaba usada pero en buen estado, no parecía sacada de una colecta parroquial. Seguramente había pertenecido a víctimas de las necesidades alimenticias del hermano Marcelo. Inmediatamente me acordé de la escena de Vértigo en la que James Stewart le decía a Kim Novak “no se guardan recuerdos de un asesinato”.

Nora no me dejó margen  para sentir asco por tener que ponerme la ropa de un muerto. Me explicó que si el uniforme y ella no estaban en Córdoba, antes de la cuatro de la tarde, iba a haber problemas; así que me mandó a cambiar.

Me puse un traje oscuro. Parecía un cura. Por lo menos ese aspecto se integraba bien en el entorno de la Estancia Jesuítica. Cuando volví a la cocina, Nora estaba lista para salir. En la mano tenía la sobaquera y la veintidós.

—Te dejo la pistola, te puede hacer falta, y de todos modos yo tengo un fusil en el camión. Quedate acá un par de días. Cuando hagas falta te vamos a contactar.

Me dio la mano y se fue caminando por la galería, buscando la escalera que llevaba al túnel. Antes se detuvo una vez más y me dijo: —Acordate de disparar entre los ojos. —Después sentí los pasos bajando.

Me quedé unos minutos mirando la galería vacía hasta que escuché la voz del hermano Marcelo llamándome desde la cocina.

—¿Le interesa saber qué dicen los documentos? Es asombroso. Si no fuera que tengo plena confianza en Nora, me costaría mucho creer que alguien robó estos papeles por accidente.

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