Musa (11)

Conectado. Silencio. Blanco.

Y cuando todo alrededor se vuelve nítido, me siento decepcionado.

 

Me encontraba en una habitación similar a la mía, sentado frente a una RCEC, como a punto de realizar nuevamente lo que había hecho hacía segundos.

¿Qué significa esto?, me dije mientras recorría el lugar con la mirada.

Muebles casi iguales, paredes pintadas del mismo color, la misma central de audio/video que todos usábamos para comunicarnos, escuchar música, reproducir videos; en la cocina los mismos artefactos y utensilios; y en la habitación una cama igual a la mía, confortable y solitaria.

 

Desconcertado y extrañamente invadido por el mismo tedio que en la vida diaria, me dirigí a mirar por el ventanal, como lo hacía siempre en mi departamento.

Afuera todo parecía igual. Estaba en un piso elevado y frente a un paisaje familiar. Nubes de contaminación tapando las calles, el atardecer ocultándose en las siluetas de los edificios lejanos, y, en la calle, ni una persona o vehículo a la vista. Todos encerrados como yo.

 

Tuve un raro presentimiento. El lugar que El Artífice estaba desarrollando en la RCEC era muy parecido adonde yo vivía. Se asemejaba demasiado en pequeños detalles y en la vista deprimente que observaba. ¿Sería mi edificio? ¿Uno contiguo? ¿Viviría allí? ¿Seríamos vecinos?

Una extraña euforia se apoderó de mí.

 

¿Aún en esta Musa, desarrollada al detalle para simular la realidad, no estaría él en algún sitio, esperándome en alguna de las habitaciones del edificio?

Esta sensación, que no lograba discernir si era inducida por el creador o por mi propia mente, me impulsó a recorrer el lugar y buscarlo.

Salí al pasillo y vi los otros tres departamentos del piso. Golpeé en la puerta más cercana y nadie contestó. Decidí abrir y en el interior todo era exactamente igual a la habitación que había abandonado hacía segundos. Las mismas cosas en los mismos lugares y, aunque inexacta, la misma vista del exterior.

Me dirigí a otra puerta y entré. Exactamente igual.

Recorrí todo el piso y en todos los departamentos se repetía todo con exactitud.

 

El patrón repetido confirmaba que realmente El Artífice había vivido allí, aunque desconociendo cualquier otro departamento que no fuera el suyo.

 

Comencé a bajar las escaleras, abriendo las puertas en cada vestíbulo, comprobando rápidamente cada habitación, buscando algún detalle que me explicara que significaba esta RCEC. No podía ser sólo lo que veía, algo estaba oculto y eso debía llevarme a otro lado, emocionarme, sacudirme como antes lo había hecho El Artífice.

 

Estaba ansioso por saber qué pasaría pero a la vez sentía una cierta calma, quizás por el entorno familiar e inofensivo.

Continué bajando piso por piso hasta llegar al primero. Allí solo había tres departamentos. En el tercero y el segundo no encontré nada.

Cuando abrí la puerta del primero lo comprendí.

El interior era igual pero todo estaba destrozado. La máquina RCEC, en el centro de la habitación estaba deshecha a golpes.

Me sentí mal. Mareado, nauseoso. Mi cuerpo comenzó a sentir una gran intoxicación con drogas y alcohol que invadía todo. Mi corazón se llenó de ira y tristeza.

 

Dejándome llevar por esos sentimientos, propios o no, grité. Grité hasta quedarme afónico. Recorrí la habitación golpeando los restos del lugar. Tomé una silla y la arrojé por la ventana. Esperé el ruido de vidrios, un estallido y el golpe de la silla al caer a la calle. Nada se escuchó.

De pie allí, en el medio de ese caos, mi cabeza se aclaró.

Miré y la ventana estaba rota pero desde antes de mi cólera.

 

Ésta era la habitación real de El Artífice. En algún lugar de la ciudad, quizás en el departamento junto al mío, el que había sido su hogar estaba en ruinas. Algo había sucedido. Algo había hecho que él se sintiera de esta forma y lo estaba compartiendo con todos nosotros.

Me quedé allí tratando de adivinar  qué hacer a continuación. Escuchando el silencio del edificio vacío.

 

Y entonces se oyeron pasos. Corrí fuera de la habitación. Alguien bajaba las escaleras dirigiéndose al salón de entrada del edificio.

 

Alguien, un hombre creí ver entre la bruma tóxica y la oscuridad, salió hacia la calle a través de la gran puerta de vidrio. Pensé en seguirlo pero antes de salir, frente a la puerta, me detuve atemorizado.

 

¿Qué me esperaba allí? ¿Qué habría salido de la imaginación de El Artífice, lo maravilloso o el horror?

 

Respirando agitado, de pie frente a la salida, con la mano derecha extendida para empujar la puerta fui sincero conmigo mismo.

No era eso lo que me asustaba. No era el simulacro de un universo extraño que pudiera crear El Artífice lo que me paralizaba, sino que si lo seguía, si me internaba más profundo en esa RCEC, ya no encontraría más sueños sino la realidad.

El mundo real era mi pesadilla, sí. Hacía tanto que no caminaba esas calles, que no me acercaba a la gente, que eso me paralizaba.

 

Esperé unos minutos. Junte fuerzas. Tuve fe.

 

Y salí.

 

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