La marea de bronce (10)

Mesada

 

El primero que lo vio fue un campesino. Koloke cosechaba su propio maíz, la espalda le dio un tirón y se enderezó intentando calmar el repentino dolor. Su vista quedó por sobre el maizal y sus ojos se abrieron como platos. En el camino lindero a su campo, una bestia que jamás había visto caminaba lentamente por la bajada, montado en él un hombre de cabellos y barba blanca, sentado con las piernas cruzadas en una hermosa montura de cuero y apliques de plata. Si las historias que contaban sus ancestros eran ciertas ese no podía más que ser uno de los shatzsa, uno de los hombres santos del Monte, pero ¿un shatzsa en Mesada?, parecía imposible. Pensó en ir por el visitante y presentar sus saludos, pedir una bendición incluso. Pero el temor del gigantesco animal que montaba el hombre de blanco lo retuvo. Salió encorvado del maizal y corrió a toda velocidad hacia las puertas de Mesada, incluso con el dolor de la espalda aguijoneándolo en cada paso. Su mujer, que fabricaba un cesto de mimbre en la puerta de su cabaña, lo vio pasar y no tuvo tiempo de preguntarle qué sucedía, quiso seguirlo pero con una mirada cansada acompañada de un resoplido volvió a su trabajo.

El campesino llegó a Mesada gritando: ¡Un shatzsa, un shatzsa! Los guardias bajaron una escalera de madera desde la torre Mis, la más alta de las torres de Mesada, y ayudaron al hombre a completar los últimos tramos, extendiéndole una lanza para que subiera.

— ¿Cómo un shatzsa? ¿Estas seguro campesino?— preguntó Ugmi, el jefe de la guardia de la torre.

— Sí señor, está atravesando los maizales. De un momento a otro lo verá llegar a la puerta del venado señor.— contestó el campesino.

— Avise al consejo. Es una emergencia.— dijo Ugmi, haciendo visera con su mano para mirar el horizonte.

El soldado se aprestaba a bajar de la torre cuando Ugmi lo detuvo. Dígales que viene un shatzsa. Y por el gran espíritu, es Irtza.— agregó Ugmi, haciendo ahora sí la seña para que su hombre se apresurara.

— Siempre creí que era un mito de los sacerdotes, un invento de los hombres del norte más allá del río Arcilla.— dijo Ugmi mirando al campesino que miraba con expresión incrédula al visitante que se aproximaba a la ciudad. Al costado del camino, los campesinos de la ciudad se arrodillaban ante el paso de Irtza, que iba haciéndolos levantar, mientras tocaba las manos que se estiraban para saludarlo y bendecirse. A su lado caminaba una mujer con un cesto de mimbre a medio terminar. Sobre la torre, Koloke no podía creer que su mujer fuera la que acompañaba el paso del shatzsa, como una especie de guía.

Dentro de la ciudad, en la Casa de los Dioses, el consejo de Mesada estaba reunido: Mitan, jefe militar de la ciudad, Grama, el hidráulico encargado de los sistemas de riego, y Usda, máximo sacerdote de la ciudad. Los tres convenían en que la llegada inesperada de un shatzsa, a los que creían perdidos en el tiempo, no podía tener un carácter puramente religioso, ni ser una simple visita.

— Si efectivamente es Irtza, me temo que las noticias no son las mejores.— dijo Usda.

— La visita es tan inesperada como misteriosa. Recibámoslo con el honor y el temor que se merece. Escucharemos qué tiene que decirnos y luego decidiremos que medidas tomar. — dijo Mitan, un poco más tranquilo que los otros dos concejales. — Por lo pronto, que se abran las puertas del venado.— ordenó.

El ganado de Mesada era escaso y la entrada del mismo estaba vedada en la ciudad, que con el tiempo se había ido convirtiendo en una especie de terrazas interconectadas que se abalanzaban sobre la única calle, avenida de la ciudad que iba desde la puerta del venado hasta la Casa de los dioses, centro político, militar y religioso de toda Mesada. Por esa avenida avanzaba despacio Gumbur, el alce blanco, con sus enormes astas repletas de flores y collares hechos con mazorcas secas que los habitantes arrojaban a Irtza como ofrenda. El viajero sabía y sentía que había una mezcla de reverencia y temor en la demostración de los hombres y mujeres de Mesada. Sabía que su visita era un motivo de conmoción, pero igual agradecía y bendecía con la señal de la X solar a todos los pobladores. Sobre el final de la avenida, Irtza ya podía ver a los tres consejeros esperándolo en las escalinatas del templo.

Tres soldados se aprestaron a ayudar a Irtza a descender de semejante altura, pero el anciano bajó rápidamente, de un ágil salto, tan grácil que los soldados pensaron que el shatsza levitaba. Otros dos soldados le acercaron un cuenco con agua para beber y otro con agua y amarillos pétalos de jiga, la aromática flor de Mesada. Irtza iba a pedir agua para Gumbur, pero vio como dos soldados levantaban con esfuerzo un cuenco para que el alce bebiera.

— Nada más valioso que el agua en Mesada, ¿verdad Grama?— dijo Irtza subiendo los escalones. La voz del viejo santo resonaba como siempre, un susurro estruendoso.

— No, santidad.— respondió Grama, sorprendido de que Irtza supiera su nombre.

Alternativamente los tres consejeros bajaron honorablemente la cabeza cuando el shatsza llegó junto a ellos.

— Tenemos mucho que hablar y planificar.— dijo Irtza como queriendo dejar en claro que no habría tiempo para ceremoniales y distracciones de ningún tipo. Los cuatro ingresaron al Templo y mientras caminaban por la fresca sala, hacia las sillas del consejo, el viejo de blanco agregó:

— ¿Qué sabes tú, Usdas, de las nubes tortuga?

El sacerdote detuvo su marcha y tragó saliva. Los otros tres se detuvieron y lo miraron.

— Lo suficiente como para comprender el carácter de su visita.— dijo al fin el sacerdote. Irtza asintió con una leve inclinación de cabeza.

Había mucho, mucho que hacer.

 

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