Perpetua en Eribea (10)

Las montañas de basura se hacen más altas ahora que su basamento empieza a ser de escombros y chatarra sólida: vehículos desvencijados, maquinaria pesada y sin vida, viejas grúas sin motores dentro, grandes dinosaurios de hierro rellenos hasta el último intersticio con más basura tecnológica: plástico fundido, plaquetas quemadas, monitores glaucos. Ahora caminan por corredores de sombra, desfiladeros de chatarra compacta, cada vez más altos. Hace un rato el Pampeano se llevó un dedo a los labios, y desde entonces los dos caminan callados.

No es que antes de ese dedo el Ciclón hablara demasiado. En el camino apenas preguntó lo que necesitaba saber: dónde encontrar algo de comer, dónde encontrar algo de beber, dónde encontrar a Garro.

Las primeras dos preguntas, el Pampeano las contestó igual: en el teatro. La tercera lo hizo frenarse y encarar al Ciclón.

¿Para qué lo quiere ver al General, si se puede saber?

El Ciclón no contestó. Quedaron en silencio un rato.

No sé qué busca usted, Daniel, dijo finalmente el Pampeano rascándose la cabeza. Pero no se preocupe: el Profeta ayuda a todos.

Siguieron caminando. Y hasta bastante después, cuando el Pampeano se puso el dedo sobre los labios, el único que habló fue él.

A la bandeja ya no trepo. La Martinga tampoco es el último agujero del mundo para vivir, eh. ¿Sabe adónde no volvería nunca? A General Hacha. No quedó nada mío allá. Cuando Buenos Aires cagó fuego, la verdad es que no creí que la cosa nos fuera a afectar tanto. Si en medio de la pampa nunca pasaba nada… Cierto que ya durante la Intervención circulaban rumores del tira y afloje por el glaciar, pero qué iba a opinar uno de esos puteríos internacionales si apenas sabía algo de construcción, de poner el hombro, y pare de contar.

Cuando se armó el quilombo, ahí sí: de estar en medio de la nada pasamos a estar al borde de todo. El país corría en círculos como un pollo sin cabeza y los yanquis aprovecharon: les llenaron la cabeza a los sureños. Yo los enfrenté con todo lo que tenía, como muchos otros del lado nuestro. La vi morirse enferma a mi mujer, me mataron los pibes, vi cómo se borraban un montón de amigos para el norte. Dos años muy jodidos, con la ciudad hecha una ruina. Cuando los patacas ya estaban a punto de quedarse con el Colorado, pensé: Córdoba nos va a salvar. Pero esos guanacos estaban ocupados en convertirse en la nueva capital, y no nos dieron bola. Nos quedaba una muerte lenta.

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