Bandera roja (10)

El hermano Marcelo no tenía el aspecto verdoso de Lyndstrom. Ni siquiera parecía un religioso. No iba de traje ni de hábito. Lo encontramos cuando salimos a la superficie, en una de las alas laterales de la Estancia Jesuítica. Nora lo saludó con familiaridad. Le explicó cual era mi situación y le dijo que ella debía volver a Córdoba al día siguiente, apenas yo estuviera en un lugar seguro. El hermano Marcelo escuchó, y después de mirarme con detenimiento me extendió la mano. No tenía la temperatura normal de un ser humano pero tampoco estaba frío como un cadáver. Nos llevó a la cocina de la Estancia. Ahí le relate la historia de mi expedición nocturna a Gath y Chavez, como me apropié de la carpeta y las consecuencias que eso generó. El hermano me dijo que entendía que me había metido en una situación complicada.

—Las fidelidades están divididas incluso entre los miembros de mi orden. Hace dos días tengo alojados a dos hermanos que vinieron de Ciudad Santucho y no han hecho otra cosa que vigilarme y hacer preguntas incómodas. Por suerte ustedes dos vinieron de uniforme. A lo mejor no despiertan sospechas. Volviendo al asunto que nos ocupa, además de sus “incidentes”, ¿algo más para comentar de Córdoba?

—Tanaka le manda saludos.

—Gracias. ¿Sigue en la docencia?

—No sabía que era docente.

—Los dos lo éramos, en la Facultad de Derecho.

Me quedé perplejo. Me di cuenta de lo poco que sabía de mis amigos. Nos habíamos acostumbrado a relacionarnos con la gente tratando de saber lo menos posible, para evitar que uno pudiera comprometer al otro.

El hermano Marcelo volvió a hablar:

—¿Trajo con usted los papeles del Congreso?

—Sí. Están en el camión.

—Mañana vamos a tratar de establecer por qué son tan importantes. ¿Se da cuenta cabalmente hasta donde lo trajo la curiosidad?

No. No fue hasta ese momento en que el hermano Marcelo me hizo esta pregunta, que tomé conciencia de cómo en unos días había cambiado mi vida. El archivero sospechoso era ahora un prófugo reclamado por dos facciones en guerra, y protegido por una alianza inextricable. Como me había quedado callado, Nora aprovechó para hablar:

—Hermano, vamos a tener que salir. Lo vemos a la noche.

Nora me llevó afuera de la Estancia. A pesar de ser mucho más baja que yo, me arrastraba apretándome el brazo. Al estar cerca de ella, noté que debajo de la chaqueta tenía una sobaquera con una pistola. A la altura del tajamar se detuvo y me interpeló:

—¿Sos consciente de donde estás metido?

—Sí.

—¿Estás dispuesto a probar tu fidelidad?

—Supongo que no tengo alternativas.

—Bueno, entonces vas a matar un kappa.

—¿Qué?

—No hay vuelta atrás. Si querés nuestra protección tenés que estar dispuesto a hacer lo que te pidamos. ¿Lo vas a hacer?

—¿Pero estas cosas no están muertas ya?

—No. No es como en el cine. Acá no hay pactos con el demonio, ni ajo, ni cruces. Son animales parecidos a nosotros pero con un ciclo vital y una alimentación diferente.

—¿Y el hermano Marcelo?

—Eso es otra cosa. Al hermano le hicieron algo mientras estuvo preso. No le preguntes porque no te va a contar, pero fue parte de un experimento mientras estuvo en reeducación. Marcelo es humano como nosotros, y va a morir como nosotros, pero necesita de una “dieta especial”, parecida a la de ellos.

Mientras Nora decía esto, nos alejábamos del tajamar, buscando el arroyo. Siguió dando instrucciones.

—Vas a empezar por algo fácil. Subiendo el curso del arroyo hay un nido. A esta hora podemos encontrar una cría.

Seguimos caminando un rato más hasta que llegamos al balneario, a mitad de camino de la gruta de la Virgen. Caminando por el borde del agua había un chico desnudo que por el aspecto no debía tener más de tres años.

—Ahí está —dijo Nora.

—¿Quién?

—La cría del kappa.

—Es un nene…

—No te engañes. Esa porquería debe tener unos setenta años.

—Pero…

—Yo lo agarro. Vos le metés el balazo entre los ojos.

—¿Cómo sabés si…?

—Callate y agarrá la pistola.

Nora sacó un calibre veintidós de la sobaquera y me lo dio. Tomó carrera y se lanzó arriba del chico. Parecía una carneada, con la diferencia que esto no era un chancho. Por la habilidad que tenía Nora se notaba que no era su primera vez.

—Ahora —gritó—. No dudes, hacelo ahora.

¿Y si mataba a un chico? ¿Estaba a merced de una banda de locos o de verdad el mundo estaba lleno de monstruos no humanos que teníamos que exterminar?

—¡Dispará carajo!

Me acerqué y lo encañoné de cerca. Me temblaban las piernas.

—¡Dispará!

Apreté el gatillo. Sentí el estruendo y los oídos me zumbaron. Si había tenido dudas, ya no las tenía más. La cosa a la que le había disparado se disolvía en el piso, como una babosa a la que le echaron sal.

—Bueno, —dijo Nora— ahora sabés cómo revientan estas cosas. Volvamos a la Estancia.

En el camino de regreso no pude decir nada. Aunque “eso” no hubiera sido humano, no podía dejar de pensar que había matado a un niño y que en unas horas habría un papá kappa o una mamá kappa buscando un hijo perdido en el arroyo. Nora no tenía ninguna angustia. Recogía flores silvestres que iba acomodando en un ramo.

En la Estancia todo parecía ordenado y tranquilo. Nora me indicó donde iba a pasar la noche, y después fuimos a la cocina a buscar al hermano Marcelo. Caminando por la galería noté en el piso, unas pequeñas gotas de sangre que iban formando un rastro. Cuando llegamos a la cocina sentimos olor a carne y tela quemadas. El hermano Marcelo estaba imperturbable. Solamente una pequeña mancha en el cuello de la camisa me daba la certeza de que se había comido a sus compañeros de la orden.

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