La marea de bronce (09)

Tres flechas en la noche de la pradera

 

El viejo hechicero Ruido de Arroyo caminaba rodeado de niños que tironeaban su capa de piel de búfalo para que les contara una leyenda, detrás lo seguía Halcón Inquieto, el mejor de los jóvenes guerreros de la aldea, siempre atento a las palabras del médico brujo de su tribu. El viejo hacía una expresión de falsa negativa y una sonrisa apenas disimulada por su habitual rostro serio mientras los niños y adolescentes le pedían que contara sobre los shatztsa. Lentamente llegó junto a la madera recolectada para la fogata y se sentó. Los niños hicieron un semicírculo en torno a Ruido de Arroyo mirando expectantes cómo el viejo tomaba tres o cuatro palitos, los quebraba y los arrojaba al fuego.

— El padre de los shatztsa es Irtza, el viajero. Dicen los topos y las lombrices que Irtza es el único que ha caminado por todos los túneles que unen al mundo bajo el mar. Irtza es un hombre santo, ha vencido el hambre y el sueño, el frío y el bochorno.— dijo el viejo comenzando la narración. A su lado Halcón Inquieto escuchaba parado y cruzado de brazos, deleitado por los rostros infantiles atentos a la historia.

— Fue hace muchos inviernos cuando esos altos y níveos seres recorrían los ríos y los bosques, conversando con los wicasa, compartiendo un saber antiguo, tan antiguo como las rocas. Pero poco a poco, los hombres de blanco fueron refugiándose en las montañas que ellos mismos construían. Montañas que podían moverse, lentas, muy lentas a la vista y al tiempo de los hombres, pero siempre moviéndose.— continuó Ruido de Arroyo escrutando los rostros de los niños, mostrando una suave sonrisa en su rostro.

Los niños alternaban las miradas entre Ruido de Arroyo y las llamas crepitantes de la fogata. El viejo se aprestaba a relatar las partes que más les gustaban a los muchachos más cercanos a la iniciación. Iba a comenzar el relato de cómo los Elohim, los guerreros del Monte Shatzsa, vencieron a los hombres de pelos rojos cuando estos aparecieron en la tierra del castor, cientos de kilómetros hacia al norte; y de cómo Irtza, montado en Gumbur, el gigantesco alce blanco, venció por sí solo a cientos de ellos, pero el silbido de los vigías del sur (sobre la entrada a los montículos) detuvo el relato del hechicero. Halcón Inquieto ordenó a los niños que se reunieran en el Salón del Jefe, en el centro de la Aldea, y ordenó a los más grandes que buscaran a las mujeres y a los que no estaban allí. Luego se dirigió seguido de Ruido de Arroyo hacia los puestos de guardia, en los montículos ubicados al sur de la aldea. Varios hombres salían de sus tiendas y se aprestaban para la emergencia tensando arcos y revisando los carcaj.

— Hay un movimiento extraño en la pradera Halcón.— le dijo Pie de Bisonte, uno de los guardias, cuando éste llegaba al puesto.

— Tiren las tres flechas.— ordenó Halcón Inquieto.

Pie de Bisonte tomó su arco y, prendiendo fuego tres flechas, las colocó juntas y disparó, bien hacia arriba. Las flechas silbaron y cayeron separadas dos metros unas de otras, resplandeciendo como tres lenguas de fuego en la oscuridad. Halcón y los otros tres hombres de la guardia tomaron sus hachas, una en cada mano y esperaron, escrutando la oscuridad.

— Shanté.— se escuchó desde la pradera a oscuras. — Venimos con mensaje de Irtza…Somos…el pueblo de las culebras.— agregó la voz con un tono precavido.

— ¿Irtza? ¿traen un mensaje del viajero? ¿Ustedes?— Preguntó Halcón Inquieto.

— ¿Cómo puede darles un mensaje el viajero, malditas culebras sedientas de sangre?— agregó Pie de Bisonte. Ruido de Arroyo lo calmó diciendo que no era necesaria una confrontación, los hombres se habían dado a conocer con el nombre que les daban otros pueblos — de las culebras — y no con el propio, algo de importancia los hacía hacer eso.

— Somos tres.— gritó una voz desde la oscuridad. — Ojo de Puma es mi nombre, me acompañan Viento del Este y nuestro wicasa, Mano de Ardilla.

— ¿Mano de Ardilla?— repitió en voz baja Ruido de Arroyo. — Halcón Inquieto, conozco a Mano de Ardilla, los dos fuimos aprendices de Miska, el venerable. Hace mucho tiempo ya, cuando la luna que pensó en sus nacimientos aún no había salido.— agregó el viejo para acentuar el tiempo del que hablaba.

— Con las manos en alto, caminen hacia nosotros.— ordenó Halcón inquieto y los tres hombres aparecieron ante ellos. Mano de Ardilla no levantó sus manos y apareció caminando lentamente, apoyado en su báculo.

— Haw.— dijeron los tres.

— Haw.— respondieron los otros.

— Ruido de arroyo, ¿cuántos inviernos han pasado?— preguntó Mano de Ardilla.

— Más de los que pueda contar, wicasa.—

— Es cierto, el tiempo comienza a nublarse en mi mente, llego a la vejez y con ella me ha llegado un mensaje que ninguno querría recibir.

— ¿Irtza habló contigo?

— Sí. Me visitó en sueños y me ordenó encontrarme con él en el Bosque de los conejos. Me dijo que habían visto las nubes tortuga y que el lago Kimirak se había vuelto rojo.

— La muerte de los hombres de bronce.— dijo Ruido de Arroyo, en un susurro — Vamos con el jefe Soplido de Búfalo. Estimo que vienen a convocar a la Confederación de las Praderas, ¿o me confundo?

— Sí.— respondió Mano de Ardilla. — No sólo de las praderas, la gente de la costa y la gente de los lagos. Los shatzsa se encargarán del llamado a los otros pueblos. Irtza, el maitreia en persona, ha iniciado su peregrinaje.

— Bien, vamos con el jefe Soplido, el poder del llamado está en nuestra tribu hasta la primavera, estimo que podremos juntar a todos antes de que el otoño pierda su viento ocre.

Los hombres se dirigieron al salón del Jefe, Halcón Inquieto y Ruido de Arroyo marchaban delante de los tres visitantes. El joven guerrero quería preguntarle al wicasa de qué se trataba todo ese asunto de nubes tortuga y el lago rojo, y preguntar sobre todo, qué significaba la muerte de los hombres de bronce. Ruido de Arroyo le dijo que tuviera paciencia pero que todo, de ahí en más, sería diferente.

— El mundo ha cambiado y nosotros deberemos cambiar con él, habrá trabajo paras tus hachas, joven Halcón.— dijo Ruido de Arroyo, y agregó en un susurro casi inaudible— me temo que mucho, mucho trabajo.

 

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