Perpetua en Eribea (09)

Daniel Clement abre los ojos en la más completa oscuridad. Durante unos segundos el dolor y el llanto del bebé siguen ahí, pero de a poco lo tranquiliza ir reconociendo las diferencias. La primera: está acostado, no sentado en su insistente banco de madera. La segunda: el olor, la pestilencia acre de su propio cuerpo desnudo y manchado por el gel infecto, la atmósfera de encierro moteada por el vaho fétido de sus propias secreciones, aun después de los desinfectantes y de su eliminación por alguno de los incontables conductos del sarcófago.

Intenta mover el cuello hasta donde se lo permite la anilla craneal; lo mismo hace con los tobillos y las muñecas, sujetas por otras cintas metálicas. Oye su respiración, percibe cómo sale de su boca, rebota en la tapa del sarcófago y vuelve a su nariz, un aliento oscuro y maloliente, cien mil veces reciclado. Busca con la lengua la cánula plástica, pero todavía no está ahí. Escucha los sonidos hidráulicos que se arrastran y crecen en la base del sarcófago, justo debajo de la nuca. Se prepara para otra rutina irrefrenable.

Sin abrirse, los paneles superiores del sarcófago se comban para dejar más espacio, como las alas superpuestas de un escarabajo justo antes de echarse a volar. La base plana y acolchada, en la que Clement reposa luego de la evacuación del gel, comienza a articularse. Los movimientos que ansiaba hacer hasta hace un minuto, ahora debe realizarlos compulsivamente al compás de una máquina de ejercicios que precede a su voluntad. Las series son sectorizadas y no dejan ninguna parte del cuerpo sin mover. Clement no se resiste: ya ha comprobado que es inútil. Si se opone, el mecanismo recalibra su potencia y lo vence por partida doble: lo obliga a ejercitar su cuerpo y lo hace con una carga mayor. Para cada ejercicio, la plataforma se subdivide, se inclina, se comba, se reclina, se comprime, se estira. La serie de actividades físicas varía de sesión en sesión.

Después de las elongaciones —el momento en que menos resistencia le conviene ejercer—, cuando el clamor hidráulico deja todo de vuelta en su lugar, Clement tiene un instante para darse un lujo: escuchar los latidos de su corazón. En las simulaciones también puede oír un latido en su pecho, si quiere, pero él sabe que ése no es el suyo. El que bombea preso en una salud de hierro —una salud obligatoria—, ése sí es el verdadero. Nunca ha estado tan sano en sus cincuenta y cinco años de vida.

La cánula extendida toca su boca en la oscuridad. Clement bebe con avidez.

Enseguida empieza el vapor. Los sudores salados se potencian. Clement detesta esta parte, que lo separa del alivio del agua. Si es que todavía se le puede llamar agua al líquido archireciclado que —subido ya su cuerpo por las bandas transversales, cubierta su boca por un barbijo esterilizado— lo baña desde todas partes con miles de delgados chorros de presión.

Ansía una falla mecánica, una gentileza del azar: que un conducto de drenaje se obture y que el agua termine por llenar el sarcófago hasta ahogarlo. Pero el mecanismo ha funcionado a la perfección durante quince años, y parece que seguirá haciéndolo durante muchos más.

Los ventiladores ya casi han secado su piel. Después de las subrutinas alternativas de afeite o manicura (durante las que Clement ya desistió de forzar algún accidente, debido a las descargas eléctricas que lo reprimen cuando cambia de posición), la concavidad del sarcófago se ilumina gradualmente. Esa luz tenue y el anillo luminoso del escáner son su único contacto visual con su verdadera condición. Lo real se reduce a esto: la irradiación artificial —el tiempo suficiente para mantener la piel en condiciones— y luego el cinturón liláceo del escáner que zumba y lo circunda de pies a cabeza: el Doctor, que lo ausculta, diagnostica y calcula lo que las agujas deben hacer después. Porque sólo después llegan los alimentos, directos a la vena, imposibles de rechazar; y con ellos los antibióticos, los analgésicos, todo aquello que el Doctor Escáner determine que Daniel Clement necesita para seguir vivo y saludable durante lo que dure su condena. Es decir: para prolongarla.

La costumbre no erosiona el terror que le produce el final de cada sesión. Las alas de ese insecto cuyo exterior Clement no conoce, vuelven a su posición inicial; el sarcófago se hace angosto y asfixiante. La máscara de oxígeno reaparece y se le impone a presión sobre la nariz y la boca. Los grilletes sólo se abren cuando el ataúd ya está bastante lleno de gel neurotransmisor: primero Clement siente su frialdad en los talones y las nalgas, en los omóplatos y la nuca, un burbujeo escalofriante y mentolado que le eriza la piel. La grumosa marea va subiendo por las costas de su cuerpo, anega el espacio entre las piernas, separa la barbilla del pecho, le hunde los codos en una fría nada. Clement siente un hormigueo creciente en músculos y huesos, luego el gel que tapona sus orejas y le llega a los ojos. Los cierra, pero siempre hay un escozor que lo traiciona: la densidad del gel se las arregla para colarse bajo los párpados. La inundación sigue hasta llenar cada resquicio del sarcófago, durante un lapso de zozobra en el que los sentidos de Daniel Clement ya no le pertenecen a él, pero tampoco al sistema.

El cuerpo desnudo ahora flota a media altura en un témpano gelatinoso y denso, de alta conductividad sensorial, una pleura semiviva que interactúa entre ese cuerpo y las señales con las que es bombardeado. Es el Intérprete, un sistema nervioso central ampliado, apenas uno de los muchos prodigios desarrollados por un científico brillante que el pueblo argentino solía apreciar con orgullo cuando se le otorgaban premios en el extranjero, y que después pasó a ser odiado al máximo cuando se lo encontró único responsable del holocausto hexagonal del Río de la Plata. El doctor Daniel Clement.

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