Bandera roja (09)

 

Tanaka me llevó hasta la iglesia de la Compañía. La manzana jesuítica era un lugar poco transitado desde el cierre de la Facultad de Derecho. Unos años antes, el edificio del Colegio Monserrat había sido reasignado para una escuela técnica para después abandonarlo por la probabilidad de derrumbes. En la nave central de la iglesia había una mujer joven, un poco baja de estatura pero con el físico de una acróbata. Llevaba puesto el uniforme del personal administrativo de la aviación. No esperó que Tanaka hiciera presentaciones, se paró delante mío y me midió con la mirada. Cuando terminó el examen me habló.

—¿Vos sos el pasajero? Soy Nora. ¿A qué te dedicás?

—Soy archivero de la Cinemateca.

 —Mirá vos. Mi hermana hacía el doctorado en Historia del Arte. A lo mejor alguna vez se cruzaron.

 —Puede ser. ¿Qué está haciendo ahora?

—Trabaja en un taller mecánico. Según el partido, su tesis de grado estaba llena de desviaciones burguesas.

Tanaka interrumpió: —Si seguimos acá podríamos ser detectados. Además tienen por delante treinta y ocho kilómetros para conversar. Salgan ahora. Cuando lleguen a Alta Gracia el Hermano Marcelo va a ponerse en contacto con ustedes. Salúdenlo de mi parte.

Hizo una inclinación de cabeza, dio media vuelta y se fue. Mientras lo miraba partir, Nora me tocó el hombro. Me hizo señas para que la siguiera hasta el presbiterio. Detrás del altar, en un costado del ábside,  había una puerta que conectaba con un pasillo que llevaba al edificio del Decanato de la Facultad de Derecho. Me llamó la atención que en el patio central, la estatua del Obispo Trejo estaba decapitada. Doblamos a la derecha. En el pasillo que conectaba al patio secundario, al lado de los baños,  había una escalera. Bajamos. Llegamos a una habitación pequeña. Me acordé de la casa de Rotwang el inventor, de la película Metrópolis, llena de pasadizos y trampas. Nora abrió una puerta y pasamos a un ambiente completamente oscuro. La corriente de aire permitía suponer que era un lugar bastante grande. Nora tanteó la pared hasta que encontró lo que buscaba. Sentí el ruido de un interruptor. Las luces se encendieron. Nora me habló de nuevo mientras caminaba hacia adelante:

—Está todo operativo. La semana pasada tuvimos que hacer otro traslado.

—¿Hacés esto seguido?

—No preguntes.

—Si tenemos un viaje por delante tenemos que hablar de algo…

—¿Te interesa el arte floral?

—¿Arte floral?

—Si. El ikebana por ejemplo. Con Tanaka tenemos conversaciones muy interesante sobre ikebana.  Bueno, basta, acá está el camión.

Delante nuestro había un Unimog viejo. Nora se subió y lo hizo arrancar. Encendió las luces altas. Adelante se hizo visible el túnel.

—Dejá el asombro para después y subí —me gritó—, si esperabas algo chiquito y colonial te equivocaste. A este lo modernizaron en los setenta los Montoneros.

Nora puso primera y sacó el camión para adelante. En las siguientes dos horas me contó su historia: el partido la había reclutado de chica para integrar los cuerpos deportivos. Se había especializado en gimnasia deportiva, pero como a los dieciséis años ya estaba demasiado desarrollada se pasó al equipo de tiro con carabina. Descubrió que le apasionaban las armas. Como también demostró habilidad para la mecánica le permitieron entrar a la escuela de la aeronáutica, pero ahí empezó a tener problemas. Vio cosas que no le gustaron y nunca demostró el suficiente compromiso político. No comentó mucho sobre cómo se metió en la Alianza, lo único que dijo fue que había conocido a Tanaka en la Sociedad de los Floristas, y que fue él quien le pidió que hiciera algunos trabajos:  los traslados, y cada tanto, conseguir uniformes y armas.

A pesar de lo tortuoso que estaba el camino me quedé dormido. Nora me despertó con una frenada.

—Llegamos. Antes de que salgas tenés que saber un par de cosas. Primero que acá no hay lugar para los flojos. Alguna prueba vas a tener que pasar. Y segundo, para que no metas la pata, aunque está con nosotros, el Hermano Marcelo es un poco vampiro.

En ese momento fue la última información la que me resultó chocante. Es que no había forma en que me imaginara cual era la prueba que tenía que pasar.

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