Musa (09)

Pasé grandes momentos en El Salón. Por primera vez en mucho tiempo tenía oportunidad de hablar sobre cosas que me importaban. La única cosa que me importaba en verdad. Las Musas.

Durante varios meses me conecté cada día a la RCEC y me encontré con gente virtual para hablar de cada novedad que surgía en la disciplina.

Sin nunca llegar a conocer a nadie cara a cara, sólo compartiendo opiniones y juicios, algunos sensatos, la mayoría descabellados, debatimos sobre lo que significaban las Musas para nuestra sociedad, su influencia en nosotros y en la nueva generación de usuarios. Creí percibir que los que allí estábamos, gente que llevaba conectándose ya un par de años, éramos hombres y mujeres, más o menos de la misma edad y clase social. Seguramente los más jóvenes se burlarían de nosotros y de nuestras opiniones anticuadas: el límite de edad para hacerse la conexión biotecnológica, nuestros miedo ante Musas que nos dañaran psicológicamente, la labor de los críticos, el temor que todos sentíamos a la droga y a nuestra descontrolada adicción por conectarnos. El miedo a perder nuestra vida real.

Por supuesto que los críticos como yo les llevábamos una gran ventaja, en todos los aspectos, a los usuarios comunes. Súper adictos que ni siquiera necesitaban un trabajo para pagar el alquiler y la comida, habíamos conseguido que nuestra vida fuera sólo eso.

Conectarse para trabajar, conectarse para disfrutar, conectarse para estar cerca de alguien.

 

Entraba en el gran bar lleno de gente que fumaba, se drogaba, bebía, todo de manera irreal. Allí me sentaba junto a cualquiera y comenzaba a hablar, a contar mis experiencias, a recomendar Musas, creadores, a divagar sobre lo que nos gustaría disfrutar.

Nadie nunca hablaba del mundo exterior, fuera de las máquinas y las drogas. Nadie lo hacía aunque sabían cómo estaba todo. Aún el más aislado miraba por su ventana y veía la ciudad destruirse y arrastrar a todos con ella.

Con el tiempo noté que había algunas personas que se encargaban en especial de escuchar lo que uno tenía para decir en cuanto a lo que deseaba encontrar en las Musas. Eran creadores poco imaginativos, que buscaban material con el que trabajar. No sólo copiaban las modas que iban surgiendo, sino también trataban de satisfacer nuestro gusto. Los creadores que no necesitaban eso ni siquiera nos decían su nombre; los del otro tipo nos daban sus alias en la red para que los buscáramos; querían que hiciéramos buenas críticas de su trabajo.

Comencé a alejarme de ellos, a tratar de entrar en contacto con grupos de creadores auténticos, tratando de adivinar cuáles eran sus trabajos a partir de lo que me contaban en El Salón. Se armó un grupo de gente que se reunía casi a diario, todas personas inteligentes, imaginativas, especiales, que hicieron mi vida solitaria más llevadera aunque nunca me atrevía a llamarles amigos.

Lo que en especial nos unió fue nuestra ansia de nuevos trabajos de El Artífice, a quien reverenciábamos. Éramos su club de fans, por así decir, discutíamos una y mil veces su única Musa, a la cual nos conectábamos todos casi diariamente.

 

Entonces una chica joven se unió al grupo. Era delgada, alta, con cabello rojizo y ondulado. Al principio sólo nos escuchaba, pero de a poco empezó a opinar de una forma terminante, como si supiera muchas cosas de primera mano. Tuve una intuición: ¿podía El Artífice tener una groupie?

Un día, cuando la vi sola, me acerqué a ella y le pregunte directamente si conocía a El Artífice. “Sí, claro, siempre me conecto a su RCEC”, me contestó.

“No”, le dije serio, “digo si lo conocés en persona”.

Ella me miro por unos segundos y sonrió.

“Sí”, me dijo, “lo conocí aquí”.

 

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