La marea de bronce (08)

Un error en la bahía

Hawnk, gran jefe de los mohaws y supremo líder de la gran aldea de Tolomac, frente al océano de las ballenas, esperaba en la gran tienda a Tokan, joven guerrero y máximo líder militar de la aldea. Tenían que discutir varios asuntos, pero lo que más le preocupaba al viejo Hawnk era su propia hija, Jonté, prometida, además, del mismo Tokan.

—Almuerza conmigo, Tokan. —dijo el gran jefe, haciendo señas para que las mujeres sirvieran el pescado.

—Es un honor Hawnk.

—Te convoqué a mi presencia para hablar de varios temas. Sin embargo, hay uno bastante acuciante. —dijo Hawnk y esperó a que las mujeres les entregaran los cacharros repletos de pescado y bayas rojas.

—Me preocupan las últimas incursiones de los escalpadores. Jamás habían metido sus sangrientas manos tan al norte. ¿Alguna novedad?

—No, gran jefe, no hay rastros desde la última escaramuza en el lago Kirkimak.

Supongo que como dice nuestro brujo, han venido a ver el espectáculo del lago rojo.

—Es posible, Tokan. Sin embargo esas excursiones ocupan muchos hombres para la vigilancia y me inquieta que nuestro comercio de pieles hacia Mesada pueda tener problemas.

—Las canoas siguen su viaje al Río de Arcilla sin inconvenientes, jefe. La última caravana llegó a Mesada con todas las pieles intactas y regresó a Tolomac repleta de maíz.

—Bien, espero que sigas con ese control. —dijo el jefe y no volvió a hablar hasta que terminó su plato.

Tokan dejó a su lado el cacharro con las sobras y las mujeres se acercaron con el agua en pequeñas tazas de cerámica que los hombres bebieron de un solo trago. El jefe parecía meditar algo y Tokan, algo impaciente, preguntó varias veces qué pasaba. Una descortesía absoluta que, al parecer, el jefe iba a pasar por alto.

—Es sobre mi hija, Jonté. —dijo Hawnk, hablando como padre más que como jefe.

— ¿Qué pasa con ella? —dijo el joven impacientándose aún más.

—Salió esta mañana bien temprano junto a las hijas del herrero. Dijo que iban a recoger bayas y que dormirían en la Choza de Piedra, en la Bahía de los Castores. Supongo que me estoy haciendo viejo y no opuse resistencia al viaje hacia los bosques fríos que realizan todas las jóvenes alguna vez. Sin embargo, Tokan, hay algo que me resulta extraño en este viaje en particular. No podría decir qué es, conozco a mi hija y tú también sabes de ella. Jamás dio muestras de querer salir de la gran aldea, ni siquiera a ver los poblados más pequeños alrededor de Tolomac.

—Es cierto. —dijo Tokan, interrumpiendo al gran jefe y omitiendo que varias veces había visto a Jonté en los lechos suaves de la pequeña aldea de las tejedoras.

—Salió esta mañana, Tokan. Quiero que la sigas. —dijo el Gran jefe y miró al joven guerrero fijamente.

—Sí, Gran Jefe. —respondió Tokan con la mirada como pidiendo perdón por la interrupción que había molestado al viejo.

—Comprendo tu ansiedad, Tokan. Cuando la encuentres, aceleraremos el matrimonio. Será tu mujer antes de la luna de la cosecha. —dijo Hawnk y levantó su mano en señal de saludo.

Tokan salió de la tienda y se dirigió a la casa de los guerreros. Tomó dos hachas y un chuchillo de bronce y salió raudo hacia las puertas de madera de la gran Aldea de Tolomac. Su corazón le latía con la fuerza de un salmón subiendo el río en el verano. Algo no estaba bien. Casi nada estaba bien.

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