Perpetua en Eribea (08)

Con la faca, el Pampeano abre un tajo diagonal en medio de la cortina plástica. Un poncho improvisado.

Cubrasé con esto, Daniel.

Mientras el Ciclón se lo pone, el Pampeano corta la bandera argentina en tiras longitudinales.

Tome. Vendesé los pies, si no más adentro no va a poder caminar. Hay latas, vidrios, clavos… Y ya lo dice el Profeta: mis pies son mi único carruaje. Metalé, hombre, que tenemos que llegar al tiatro. Así, mire.

Le muestra sus propios pies envueltos con polvorientas telas negras. De las dos pelotas de trapo sólo asoman las uñas, negras también.

Cuando ya está en condiciones, caminan a paso lento hacia el centro de la isla. La luz se hace más y más mortecina. El Pampeano recoge una bolsa de papas llena de cosas, que había dejado escondida entre metales retorcidos. Pasan cerca de la esfera quebrada.

Anoche creí que buscaban a algún suicida, dice el Pampeano, más hablador que nunca por la caminata. Les importa un carajo si alguno se tira, salvo que caiga por el Este. De ese lado capaz que es alguien importante. Por ahí sospechan que lo empujaron y entonces hay que investigar el cuerpo. Si de pedo cayó en la costa, lo izan de vuelta para la bandeja. Si se lo llevó la corriente, o si ya lo agarraron las niveladoras, a joderse. Pero después vi demasiados mosquitos en el cielo… y entonces pensé que me buscaban otra vez. Había fumado un poco de ganya antes de salir a escarbar, ¿me entiende? Me perseguí. Ya era tarde para volver al tiatro, si me seguían capaz que los vendía a todos los compañeros.

Así que me escondí. Arriba me la tienen jurada porque me llevé puestos a tres. Fue hace años: desde esa vez no volví a trepar. Cuando se hacía de noche los vi toqueteando una pelota como esa de la que salió usted, aunque la de ellos estaba como podrida. Sí, mi amigo, no se haga: lo vi salir de una de ésas. Caídas de arriba, como todo en la Martinga. Por eso acá la mayoría cree que un gran dios va a bajar de los cielos, que se va a llevar todo con él, y que va a hacer que todos se sientan elevados. Pero eso es falso, nos dijo el Profeta. Él nos advirtió que el que de verdad sabe lo que vale la vida, ése, va a cuidar de los suyos en la Tierra.

Bueno: yo sé lo que vale la vida. Sé que usted es uno de los míos, no un falso dios caído de quién sabe dónde. Porque yo caí acá igual que usted. En una pelota, no, pero de arriba, sí. A usted se le nota en la piel que nunca antes pisó la Martinga. Lo ayudo porque sé cómo se valora que alguien le dé una mano. Lo que no entiendo es por qué no se quedó en el cascarón ese en vez de andar vagando en bolas por el basural. Se hubiera guardado ahí, compañero… Veasé ahora, hundido en la mierda hasta los tobillos. Míreme a mí. ¿Sabe dónde preferiría estar yo? En Etiopía. El Profeta dice que ahí queda el paraíso. Es lejos y no creo que llegue a verlo nunca, pero con sólo imaginarme que existe, me alcanza.

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