Bandera roja (08)

Después del incidente en la casona no volví a la Cinemateca. Roberta debía estar feliz pensando que me habrían enviado a un campo de reeducación. Durante dos días mantuve apagadas las luces, cerradas la ventanas y bajas las persianas. No atendí el teléfono, que de todos modos, no sonó. La mañana del tercer día desperté sobresaltado. Prendí el velador y vi a Tanaka sentado en una silla en el extremo de la habitación. Tardé unos segundos en darme cuenta que realmente estaba ahí. La forma de estar sentado, estática y atenta, pero a la vez elegante, recordaba a Toshiro Mifune haciendo de samurái. Sin separar las manos de las rodillas giró un poco la cabeza y me habló:

—Buen día. Vestite. Vamos a sacarte de la ciudad.

Doblado en el extremo de la cama había un uniforme de la Guardia Revolucionaria.

—Es de tu talle. Te espero en la cocina.

Tanaka salió. Me puse el uniforme. En un tiempo en que perdimos la capacidad de asombro no pude menos que admirarme de la capacidad de Tanaka de establecer las medidas de la ropa con solo mirar una persona. Me vi en el espejo. Me sentí distinto, como si el uniforme tuviera el poder de transmitir las convicciones que representaba; pero el efecto duró poco. Al minuto dejé de ver al “luchador por el hombre nuevo” para encontrar la imagen de los burócratas. Dejé de fantasear sobre el uniforme y fui a la cocina. Tanaka ya tenía listas dos tazas de café.

—Vamos a llevarte a Alta Gracia. La Alianza tiene el apoyo de los jesuitas así que vamos a usar el túnel.

¿El túnel? Entonces era verdad que existía. Durante cientos de años la gente fantaseó que la iglesia de la Compañía de Jesús y las estancias jesuíticas estaban conectadas bajo tierra, pero siempre me había parecido un cuento de viejas.

—Para cubrirte en el trabajo falsificamos una nota del Ministerio notificando a la responsable política de la Cinemateca de tu ascenso a la Dirección de Patrimonio Cultural. El agente que llevó la nota dijo que la chica estaba indignada. Ahora bajemos que tengo el auto abajo.

Nunca supe que Tanaka tuviera un auto, pero eran tantas las cosas de las que tenía que enterarme, que lo primero que pregunté cuando subimos al ascensor era si sabía algo de lo que había pasado en la casona de Nueva Córdoba. Me dijo que oficialmente no se había informado nada pero la Alianza tenía un contacto con las brigadas de limpieza. Según el contacto, el Partido estaba tan desconcertado que habían fijado como prioridad averiguar qué sector de los vampiros había atacado y por qué. Seguramente eso me había dado el margen para que mi presencia en la casa hubiera pasado a un segundo plano. Después le pregunté por Johnson.

—Está en una casa segura. Como te habrás dado cuenta, ese alumno Pablo era un traidor, lo que no sabemos es si trabaja para el partido o los vampiros.

—¿Y Lyndstrom?

—No tenemos noticias precisas, pero el informante dicen que la vieron cerca del Castillo de Mandl en La Cumbre.

—Una cosa más. Tengo que pasar por la Cinemateca a buscar unos papeles.

—No creo que haya problemas. Por ahora te protege el uniforme.

Salimos del edificio. Tanaka me hizo subir a un Ford Falcon 67. Cuando le pregunté como lo había conseguido me dijo que de la misma manera que el uniforme, y no agregó nada más. Manejó hasta la Cinemateca. A pesar de que sabía que empezaba un viaje sin retorno la sensación que me dominaba en ese momento era el placer de imaginar la cara que pondría Roberta al verme.

Tanaka detuvo el auto y bajé. Los porteros se cuadraron al verme. Ni siquiera me miraron a la cara. No llegaron a reconocerme. Fui directo al depósito. Busqué la lata del rollo de película donde había escondido la carpeta. Era pesado para transportar pero había que guardar las apariencias hasta el final.

Saliendo del depósito me crucé con Roberta. No me habló. Miró el uniforme y dió media vuelta visiblemente ofendida. Entró a su oficina y cerró la puerta con un golpe. Salí del edificio. Los porteros intentaron saludarme haciendo la venia. Entré al auto. Mientras arrancaba, Tanaka largó una carcajada al leer la etiqueta del rollo de película: Nosferatu. F. Murnau. 1922.

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