Musa (08)

Aunque ya he dejado mi trabajo hace varios años y trato de conectarme lo menos posible, sigo con mis costumbres, repitiendo algo que ya sé que no existe.

Tomo mi café y miro la ciudad desde mi departamento. He decidido solamente vivir en este mundo, quizás como una penitencia, como una forma de pagar por mis pecados.

Y trato de saber lo más que puedo sobre lo que sucede ahí afuera. Ya me he perdido bastante en mi mente y eso hizo que me alejara de las personas que mas respetaba, que más admiraba.

Esta es mi penitencia: entender el mundo que nos rodea. No dejarlo nunca. Saber todo sobre él para poder contarlo.

 

Los Acopiadores de Sueños eran quizás el grupo de creadores más positivos y los únicos que, con esa estética, no eran aburridos ni naif. Entendían bien lo que hacía que una Musa fuera interesante aunque pecaban de una necesidad imperiosa de hacernos sentir bien y transmitir un mensaje. Sus RCEC siempre desarrollaban una idea a partir del caos llevándonos a un lugar mejor. Transformaban la contaminación en naturaleza, el dolor en dicha, la muerte en vida.

Una de sus creaciones más logradas nos involucraba en una especie de apocalipsis nuclear. No influíamos al principio, simplemente veíamos, desde una habitación llena de gente, el infierno desatarse en el horizonte. Bombas atómicas, tormentas eléctricas, el monstruo de la contaminación destruyendo el mundo (quizás una de las RCEC más realistas si vuelvo a mirar por mi ventana). Veíamos los campos arrasados, las ciudades destruidas, el mar y los ríos agotados y muertos. Entonces, cuando todo terminaba salía el sol sobre la tierra yerma y la puerta de la habitación se abría.

El grupo de personas que estaba en la habitación, a veces 3 o 4 personas, a veces 20 o 50, salían al exterior y caminaban entre el polvo y la ceniza. De pie en una colina ennegrecida todos juntos mirábamos el cielo iluminado pero grisáceo. Y entonces, cada vez, alguien comenzaba a llorar. Y otro le seguía. Y uno, de pie allí, sabiendo que no era real, que no tenía nada en común con los otros hombres y mujeres que estaban allí, también comenzaba a llorar. Todos lo hacían, las lágrimas llegaban a la tierra mientras algunos comenzaban a abrazarse.

Y entonces el cielo se limpiaba, las lágrimas formaban un arroyo y del suelo comenzaban a crecer pastos y flores. Todo lo gris y lo negro se volvía verde, el cielo poco a poco azul.

 

No lo supe en ese primer momento, pero efectivamente estaba interrelacionándome con personas en esa RCEC. Nadie lo sabía en verdad. Los Acopiadores de Sueño habían logrado algo nuevo. Musas compartidas entre grupos de usuarios.

Quizás, en un reflejo torpe de creernos menos solos, todos nos enganchamos a esa novedad.

 

Y entonces los Acopiadores dieron otro pase. Crearon una realidad que estaba solamente destinada a eso, a relacionarse con los demás. No tenía otro objetivo que darnos a los muy adictos la posibilidad de charlar con otros usuarios y con creadores.

Lo llamaron EL SALON; allí podías sentarte en una mesa e imaginar que tomabas algo virtual mientras charlabas con alguien, aunque los dos estaban a miles de kilómetros de distancia. Creabas tu cuerpo online y te sumergías en el lugar a relacionarte.

Eso sumó una faceta más a la tarea de Crítico de RCEC porque por primera vez podías compartir información con otros críticos, hablar con creadores y con fans.

 

Y aunque siempre fui muy solitario, pasé mucho tiempo allí, averiguando cosas, compartiendo data, y haciendo algo más que nunca le dije a nadie, ni a mi amigo de RCEC más cercano: buscando entre todos esos rostros y cuerpos irreales, al Artífice. Necesitaba conocerlo.

 

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