La marea de bronce (07)

El salón de los sueños

 

Iethzas se recostó en la plancha de mármol blanco y esperó a que los aprendices trajeran la corona de huesos para empezar la visita en sueños. Miró disimuladamente a los otros maitreyas que se aprestaban para la sesión y sintió que era para él un momento especial.

El Maestre Mayor entró a la estancia y recorrió con la mirada las planchas de mármol, se cercioro de que todas las coronas de hueso estuvieran en las cabezas de los maitreyas y ordenó entonces que colocaran la piedra de micah. Dos aprendices entraron cargando la piedra y la ubicaron en medio de la estancia, sobre un pedestal de mármol negro que parecía un dedo oscuro en medio de la estancia blanca.

 fustsfegú dijo El Maestre Mayor sosteniendo la mano derecha sobre la piedra de micah, cuando ésta estuvo en su lugar sobre el pedestal negro.

La luz se intensificó y Iethzas se sintió invadido de una sensación cálida. Una luz que nada dejaba ver pero que no cegaba los ojos le daba a todo un aspecto blanco. La voz del Maestre Mayor  que recitaba el canto de la piedra, lo tranquilizó aún más. Iethzas se vio a sí mismo sentado en un apacible jardín. Tenía el rostro apacible y los ojos cerrados.

Que Astra guíe el vuelo como lo hace con los pájaros dijo el Maestre.

Se produjo entonces el silencio. La luz blanca se hizo un simple punto en un todo negro. Iehtzas experimentó por primera vez la apertura de su ojo zanscri, el que puede verlo todo y que está encerrado en la frente de los hombres. Sintió como vertiginosamente su cuerpo flotaba y a gran velocidad recorría los pasillos de la montaña hasta salir por la cima. Podía ver los territorios de los hombres como si fuese un águila. Estaba volando.

Con la velocidad de los halcones cruzó las praderas, Los Túmulos, y vio a las gentes de los bosques ocupadas en sus quehaceres diarios. Luego apareció ante él un gran desierto, el gran Río de Arcilla, una ciudad amurallada recostada contra una gigantesca montaña de piedra colorada. El desierto dejó lugar a una llanura de arbustos bajos que salpicaban la tierra seca como pequeñas explosiones verdes en la tierra. Su vuelo lo hizo ver las ruinas de los Olm, los constructores de las cabezas de piedra, y su ciudad santa, abandonada y engullida por la selva que empezaba a ocupar el horizonte. Empezó entonces a bajar a la tierra y la vista recorría todo ahora desde la copa de los árboles más altos. Vio un poblado, chozas de barro rectangulares que formaban un rectángulo mayor, como cerrando una gran plaza. Una torre de barro y madera se elevaba un tanto sobre los techos de las casas. Entró allí y vio arrodillado a un viejo que de rodillas le rezaba a una estatua de piedra de un hombre ataviado como una serpiente. Un cuchillo de jade estaba en un pedestal frente a él. Iethzas, su mente en vuelo, ingresó a la mente del viejo, que cayó en trance frente a la estatua.

Iethzas se mostró como un shatsza, los hombres santos que este pueblo conocía como los kulkan. El viejo hizo una reverencia y preguntó si estaba soñando o había iniciado el camino hacia la otra vida. Iethzas lo tranquilizó.

La guerra única se avecina. Prepara a tus pueblos para cruzar el gran mar. En diez inviernos deberán seguir las estrellas hacia el sur. Esparce la voz entre las tribus kimecas.

Padre blanco dijo el viejo—. Al sur viven los tenotchas, estamos en constante guerra con ellos. Nos dicen salvajes y bárbaros, pero son ellos quienes incursionan en nuestras tierras buscando la guerra, arrastrando con ellos víctimas para ofrecer a sus sangrientos dioses. ¿Ir al sur? ¿debemos unirnos y terminar con el imperio de los tenotchas? ¿A eso te refieres gran kulkan?

No, hechicero. Habrá paz entre todos los pueblos de piel cobriza. La guerra única nos requiere unidos. En ocho inviernos, un kulkan vendrá a guiarlos hasta el punto de reunión. La paz se avecina, hechicero. Pero no el trabajo de la guerra. Habla con estás palabras a los tuyos, reune a los kimecas bajo un solo mando. Cuando despiertes encontraras detrás de la estatua un báculo blanco con una pequeña estatua de un mono de jade en su extremo, con él unirás a tus tribus. Debo irme hechicero. Nos veremos en diez inviernos, en la Isla del Séptimo día.

El viejo hechicero hizo una reverencia y se desvaneció de la vista de Iethzas, que sintió como su mente empezaba a sobrevolar el poblado y se elevaba a los cielos. Su viaje seguía, hacia al sur.

 

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