Perpetua en Eribea (07)

La luz grisácea del amanecer los encuentra dormidos al pie del mismo pilar de cemento. Están cubiertos con un mismo poncho negro y roñoso, propiedad del Pampeano, que además posee un sombrero negro, una maraña de barbas y pelos engrasados, arpilleras sucias y, debajo, una piel gruesa, percudida y cobriza. También dos ojos negros como la obsidiana, y una voz torva que, en la noche ya ida, lo siguiente que dijo fue:

¿Y no tiene frío así en pelotas, compañero?

Semicubierto con la parte prestada del poncho, el recién nacido se abraza las piernas en una posición fetal que todavía le resulta tranquilizadora. Los hombros levantados le cubren los agujeros laterales del cráneo, huérfanos de orejas. Siente que esa posición lo protege como antes lo hacía la esfera. Con ese autoengaño ha dormitado un poco, incluso a pesar de la amenazante faca que el vagabundo lleva en la zurda: una hoja mellada con un mango de cinta adhesiva roñosa. No la suelta ni dormido.

Las ratas del basural no los han molestado quizás por el margen de agua marrón que rodea al montículo de arena en el que pasaron la noche. Sólo una nadadora, más audaz o más hambrienta, se animó a cruzar. El Pampeano la ahuyentó varias veces tirándole puñados de arena, pero al final se hartó: la dejó acercarse y cuando la tuvo a tiro, le soltó un puntazo. Hubo un chillido y desde ahí en adelante, la única molestia fue la insistencia de las moscas.

Al despertar percibe el hedor del Pampeano, pero así descubre que la náusea inicial ya no está: ha sido reemplazada por los pedidos más concretos del hambre y la sed. A pesar de esas exigencias del cuerpo —o quizás por eso mismo—, su mente parece haberse aclarado. A la luz del día, el techo del basural presenta su infinita mole gris: el vientre plano de una bestia gigantesca, con cien patas larguísimas de cemento. Por todos los bordes que dan al río, y por centenares de desagües herrumbrados distribuidos al azar en la superficie, caen chorreaduras de agua y el vómito de los líquidos cloacales, así como violentos efluvios de desperdicios sólidos.

Lo sorprende la voz del otro, que le quita de un tirón el poncho y ya lo tiene puesto de nuevo cuando le dice:

Arriba, mi amigo.

El Ciclón hace caso, entiende sin problemas las palabras del otro. Estos descubrimientos, envueltos siempre como en un déjà vu, no lo sorprenden como ayer. Esto es vivir: un permanente redescubrimiento de todo lo que ya se sabe.

El Pampeano cruza el charco saltando sobre tres o cuatro islitas de chatarra oxidada. Hurga allá y más allá, levanta chapas y abre bolsas negras, zarandea, remueve. Vuelve con una cortina de baño, con el plástico casi blanco de hongos, y también con una gran bandera argentina, descolorida y hecha jirones.

Mire lo que tiran. Les da todo lo mismo, Daniel.

Ése es el nombre que el Ciclón declaró anoche, después de que ese mugriento charlatán se presentara simplemente como el Pampeano. Daniel: su nombre. ¿Qué padres se lo habían dado, dónde, cuándo? Apenas lo dijo enmudeció, impresionado por su propia voz. El otro también hizo una pausa en su insistente palabrería. Lo miró como si lo conociera de alguna parte pero no se acordara de dónde.

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