Bandera roja (07)

Pasó media hora más de cuestionarios psicométricos matizados por los ruidos de pasos en el techo, cuando Kupferschimdt sintió la suficiente confianza y cambió abruptamente de tema. En un tono condescendiente y maternal trató de hacerme entender que mi visión de la realidad estaba equivocada y que era una lástima que no sumara mi esfuerzo para construir la nueva Argentina que proyectaba el Líder. En ese momento llegué a la conclusión de que la mujer era un pobre idiota. De todas maneras eso no resolvía el porqué seguían los blindados en la vereda y los ruidos en el techo. Tenía que encontrar la forma de salir.

—Licenciada…

—¿Sí?

—Necesito ir al baño.

—Tengo órdenes de no dejarlo solo.

—Entonces voy a tener que mearle el salón.

—¿No puede aguantar?

—Depende. ¿Me va a tener acá mucho tiempo?

—No lo decido yo.

—Bueno, dese vuelta porque hago acá mismo.

—Espere, lo llevo al baño. Es del otro lado del patio.

Cuando salíamos de la habitación me pareció ver que alguien se bajaba de uno de los blindados. En el patio no estaba el guardia ni el mono de la policía que me había llevado. El Kaiser Carabela seguía estacionado. Cuando habíamos caminado la mitad del trayecto sentí un ruido, como el golpe de un cuerpo cayendo detrás de nosotros. La pelirroja gritó. Giré y vi como la persona que había saltado del techo la agarraba por el cuello. Quise ayudarla pero dos manos me agarraron de atrás. Por el portón entraron cinco personas, todas con el mismo tono de piel entre pálido y verdoso de la Señorita Lyndstrom  El que tenía agarrada a Kupferschimdt empezó a morderle el cuello mientras la mujer gritaba. Nunca me imaginé que la presión de la sangre al escapar de un cuerpo pudiera hacer el desastre que tuve que ver. Cuando la mujer dejo de gritar y se sacudió en los últimos estertores el vampiro me miró. Le hizo señas al que me sostenía para que me soltara. Estaba paralizado. No tuve el impulso de correr. Además me dí cuenta de que me había meado encima. El vampiro dejó de mirarme por un momento, hundió la mano en el vientre de la mujer, y arrancó algo que me tiró a la cara. No se si era el útero o el corazón. Recuerdo solamente el golpe. Mientras tanto, el que tenía atrás me olía el cuello. Cuando pensé que se habían cansado de jugar conmigo empezaron a desenrollar el intestino de la mujer. Uno de ellos se acercó y me lo colocó alrededor del cuello como una corbata.

—Saludos de Lyndstrom —me dijo—, y aproveche el viaje de regreso a su casa para considerar seriamente de qué lado está.

Salí por la puerta de la cochera tambaleándome como un sonámbulo. Uno de los blindados arrancó y me siguió a paso de hombre durante diez cuadras. Cuando cambiaron de dirección y se fueron, me descompuse del miedo y vomité contra una tapia.

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