La marea de bronce (06)

El bosque de los conejos

Segunda Parte

 

Nunca pensé que iba a participar de la guerra, Irtza.  Menos aún de la gran guerra de nuestro ciclo. Conozco cada una de las cosas que estás nombrando, sin embargo maitreya, sigo sin entender muchas.-

Para eso estamos aquí, wicasa. dijo Irtza. Desde el Monte Shatsza hace muchas rondas del sol que precavidamente preparamos la guerra. Una precaución que se acompañaba con la esperanza de que todo el trabajo fuera en vano. Hicimos que los annouken hicieran sus ropas para cubrir a miles y a miles de los nuestros en las frías tierras de los hombres de plata. Incitamos sueños oscuros y violentos en las mentes de los guerreros, pusimos a nuestros escultores a elaborar los artefactos necesarios para la invasión. Y sobre todo, hicimos crecer como nunca a los elohim, nuestra opción más fuerte para la guerra. –

Irtza, en sueños he visto la fiereza de los hombres de plata, su sed de sangre, sus armas y yelmos. No creo que entre los nuestros haya semejante arrojo despiadado, ni tanta avidez de sangre.

En eso te equivocas Mano de Ardilla. Incluso entre los pueblos cercanos al tuyo hay feroces guerreros. ¿Acaso sus vecinos no han bautizado a tu pueblo como pueblo de serpientes?

Es cierto maitreya, hay hombres de guerra entre los nuestros. ¿Serán suficientes?

No iremos solos. Más allá del Río de Arcilla, hay potentes reinos e imperios. Ciudades enteras con edificios que te asombraran los ojos y te fulminaran la mente, querido wicasa del pueblo de las praderas. Incluso más allá del gran mar hay pueblos con los que tenemos lazos de hermandad casi olvidados. Ellos también serán llamados a la guerra. Inundaremos la tierra de los hombres de plata, no habrá llanura, montaña, desierto, bosque, en dónde nuestros pies no se posen y marquen la nueva ley, no habrá ningún hombre de plata que no reconozca y tema nuestros estandartes. El Monte, el Sol, el Águila y el Ojo. Esos serán los nuevos símbolos que flamearan en las ciudades caídas bajo el peso de nuestras armas.

Hablas como un general, maitreya.

Lo sé Mano de Ardilla, por eso necesito que hombres como tu estén al lado de nuestros generales. Después de la guerra, vendrá el peor de los trabajos. No hay nada más difícil que la paz. Mientras una simple mirada puede desatar el fuego de la guerra, construir la paz semeja a hacer florecer un prado de flores en el desierto.

¿Habrá entonces un wicasa al lado de cada general?.

Si. Será la voz del Consejo de la Pirámide.

¿Consejo de la Pirámide?

–          Cinco de los más grandes sacerdotes que hay entre los nuestros y yo conformaremos el Consejo. Será la voz indiscutible de todo lo que pase durante la marea de bronce.

Miska nos hablaba de los pueblos constructores de pirámides. Montañas de piedra hechas por los hombres.

Así es Mano de Ardilla. Los pueblos herederos de Anteilha las construyeron en recuerdo a las montañas desde donde bajaron todos los hombres para poblar el mundo. Las verás llegado el momento. En ti descansa una parte importante en esta historia querido wicasa. Sé que harás lo que mi corazón espera de ti.

Irtza se incorporó y lanzó un silbido que asemejaba al de los pájaros del bosque cantando en conjunto. Gumbur apareció al poco tiempo y el shatsza lo montó con una agilidad que sorprendió a Mano de Ardilla, aún aturdido y confuso por las últimas palabras del maitreya. Irtza lo miró y luego buscó en el costado de la montura de Gumbur.

Toma.dijo entregándole el báculo blanco símbolo de los maitreya y de los shatsza. Con esto los pueblos de la confederación creerán que me has visto y las palabras que he dicho aquí. Viaja a Los Túmulos y pide a Soplido de Búfalo que convoque a la Confederación. En diez inviernos, deben viajar hacia el sur. Yo acompañare su viaje. El verano posterior al viaje, marcharemos a la guerra.

Mano de Ardilla hizo una profunda reverencia y sus ojos miraron al suelo hasta que escuchó como Gumbur se perdía en el bosque. Se acercó al fuego y tiró un poco de tierra sobre las brasas para apagarlo. Cuando emprendía el regreso a su aldea, escuchó en su mente la voz de Irtza. – Antes de partir a la guerra, deberás reconstruir tu amistad con Ruido de Arroyo, serán dos artífices importantes en la campaña. El deberá seguir tu liderazgo, pero no lo hará si la herida abierta hace tantos soles no cierra para siempre.

Mano de Ardilla se detuvo y aspiro fuertemente el aire fresco del bosque. ¿Por qué volver a abrir ese viejo rencor? Si Aiulli ya había muerto. ¿Para que? si ella había dejado Los Túmulos y a Ruido de Arroyo para viajar con él a las praderas. ¿Qué se podría hacer ahora?. Mano de Ardilla se apoyo en el báculo y miró el suelo húmedo y lleno de ramas y piedras. El círculo volvía a cruzar la línea del pasado, y hoy, eso significaba no sólo transitar el dolor adormecido, sino solucionarlo. El círculo se había roto, y él no vería como la circunferencia se unía de nuevo. Su papel, ahora lo comprendía, era acentuar la rotura del círculo para que otro nuevo pudiera nacer.

 

 

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