Perpetua en Eribea (06)

La habitación es blanca, típica de hospital. Afuera es de noche. El techo emana una luz lechosa y el piso está limpio. Sobre la cama —con las barandas de hierro bajas— no hay ningún enfermo, sino una enfermera rubia, sentada, tan atractiva como severa. Uniforme blanco, con un logo bordado en la cofia (pero no es el logo del hospital). Muy apretado contra sus pechos lleva un bebé, arropado como si fuera pleno invierno, aunque no hace frío. No hay ni siquiera el olor a desinfectante que en los hospitales pretende pasar por la ausencia total de olores.

Mi nombre es Camila Lennard. Trabajaba en el Hospital Ludovica de La Plata. Esta hermosura es Julián Paz. Su madre lo trajo a Pediatría esa misma tarde. Tenía turno a las 16:15. Yo la recibí y le tomé los datos del chico. El pobrecito no puede venir a enfrentarlo, señor Clement, pero yo sí. La madre de este chico seguramente le reclamará en otro momento y lugar. Si no viene, será porque nadie encargó su epitafio. Mis abuelos, desde Londres, pensaron el mío con dolor y con furia. Pensaron en los niños que yo atendía y rescataron el nombre de Julián, que era el último que había ingresado yo misma a la red del sistema hospitalario. Así que aquí estamos los dos. Por la Memoria, para encararlo y reclamarle por la explosión de cemento y calor que arrasó con nosotros en una sala de espera de este hospital.

Con sincronía casi perfecta, la enfermera calla y el bebé empieza a llorar. Sin poder despegarse del banco de madera, Daniel Clement ya ha tenido que soportar las voces o el llanto desconsolado de niños y niñas, pero hasta ahora nunca había estado frente a un bebé tan pequeño. La criatura se pone morada de tanto llorar. Primero, a Clement ese llanto casi lo conmueve: hace años que no escuchaba algo así, aunque enseguida lo subleva la evidente artimaña para quebrarlo, para sacarlo de su apatía. El truco es barato, y efectivo: le devuelve a Clement la rebeldía perdida, esa que había resignado por la repetición de los interrogatorios.

Míreme a los ojos, señor Clement: ¿tiene algo que decirnos sobre todo esto?

Que lo siento mucho, Camila. De verdad.

Y sobre su participación en la catástrofe que nos desintegró a este niño, a su madre y a mí, entre otras ciento cuarenta millones de personas en ambas márgenes del Río de la Plata, ¿qué tiene para decir, señor Clement?

El niño no deja de llorar ni un segundo.

No tengo ningún comentario que hacer al respecto.

Eso es inadmisible.

No, no es cierto.

Debe darnos una respuesta.

No. Estaba harto de discutir con cada uno de ustedes, pero ya me harté de estar harto, así que no voy a seguir su juego. Voy a permanecer en silencio. Y no empiece con las amenazas: le aclaro que sé muy bien lo que viene ahora.

El llanto del niño cesa en mitad de un berreo, sin coordinación: tarda casi un segundo de más en cerrar la boca. La enfermera ya no dice nada. Mira a Clement con ojos de medusa en pleno encantamiento. Entonces la pared detrás de ella comienza a resplandecer. Clement sabe que la opción de cerrar los ojos le será denegada: el canal audiovisual quedará abierto indefectiblemente. No habrá olores, pero percibirá todo lo demás con cada célula de su cuerpo.

La pared vira al dorado y empieza a burbujear como las viejas películas de celuloide al quemarse. Una luz ardiente se libera, crece y se come los bordes de la voluptuosa madonna con uniforme blanco, que todavía lo mira con ojos diabólicos y un bebé en brazos. La luz hirviente estalla y se la traga, atraviesa a la mujer y al niño, y también la cama, invade la habitación entera. Los rayos quemantes pasan con un rugido a través de Daniel Clement: largas agujas calientes recién forjadas. Su cuerpo se deshace. Grita. No quiere hacerlo, no otra vez, pero igualmente grita, y en medio del dolor entiende la contradicción a la que está sometida su experiencia sensorial: el desgarramiento veloz y milimétrico de su cuerpo le informa que acaba de disolverse en menos de un segundo, pero es como si ese segundo no terminara nunca; su cuerpo ya está desintegrado pero el dolor persiste. ¿Y el grito?, piensa Daniel Clement convertido en una nada que aúlla su despedida interminable. ¿Qué pulmones consiguen el aire para este grito? Si ya no existo, ¿qué cerebro piensa esto que me pasa?

Después muere, y ya no siente nada más.

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