Bandera roja (06)

Después de tres días viviendo en la casa de Sanzio decidí regresar a mi departamento, no quería abusar de su hospitalidad y la de su mujer, a pesar de que insistían en que mi dedicación a ayudar a sus hijas con la tarea escolar compensaba el costo de mi estadía.

Encontré que el departamento había sido inspeccionado por una brigada especializada. Llamaba la atención la prolijidad con que habían desarmado el cotín del colchón y lo habían vuelto a coser. Un trato tan minucioso no era característica de la policía política. Esto había sido realizado por un cazador cuidadoso.

Estuve inquieto toda la noche pero no pasó nada. A la mañana fui a la Cinemateca. Cuando llegaba a la puerta me sentí inquieto, como amenazado por un animal salvaje. Al darme vuelta me encontré con la señorita Lyndstrom  a una distancia incómoda.

—¿Qué quiere?

—Buen día.

—¿Buen día? ¿No era que para usted no era ningún gusto hablar conmigo?

—No abuse de mi paciencia. Ya podría habérmelo desayunado.

—¿Qué quiere decir?

—No se haga el estúpido. Sigue vivo porque yo quiero.

—No sé de qué habla.

—Los papeles del Congreso, ¿dónde están?

—Insisto, no sé de qué habla.

—Escúcheme, usted cree que reteniendo esos papeles se asegura seguir vivo pero no es así. Hay gente menos paciente que yo capaz de  tomar decisiones desagradables. No me haga perder tiempo.

—Usted vino sola…

—Que tenga un buen día. Salude de mi parte a sus amigos de la Alianza.

Dio media vuelta y se fue. Del otro lado del vidrio de la puerta de la Cinemateca, Roberta miraba con expresión pasmada. Al mediodía tuve otra visita incómoda, Pablo, el alumno de arameo de Johnson. Si esta historia fuera una película de la Warner Bros, el papel de Pablo lo interpretaría Peter Lorre: el pusilánime sinuoso y traidor. Llegó evidentemente nervioso, simulando que pasaba de casualidad por la zona. Insistía en querer saber qué había hecho después de la aventura en Gath y Chavez. Hizo todo tipo de preguntas para saber de mis actividades. Me dijo que había perdido contacto con su profesor y que necesitaba ubicarlo. Traté de ser elusivo pero no desagradable. Como en una jugada de póker, lo decisivo no era tener las mejores cartas sino que el oponente lo creyera.

Hasta ese momento el día había sido solamente molesto, lo que siguió fue incalificable. A las cuatro de la tarde llegó un auto del Ministerio de Cultura. El chofer tenía el aspecto de ser un torturador. Roberta lo recibió encantada. La alegría le duró lo que tardó el orangután en comunicarle que me buscaban para “actividades relativas a la planificación de un ciclo de cultura en los barrios”. Evalué las posibilidades de escapar: nulas. Subí al viejo Kaiser Carabela. Las manijas de las ventanas estaban anuladas y las puertas solo abrían desde afuera. Una vez adentro no había como salir.

Me llevó hasta una casona de Nueva Córdoba. Entramos por un portón automático. Dejó el auto estacionado en el patio central. El edificio no tenía el aspecto de ser usado para la detención o la tortura. No había rejas ni alambrado, ni tenía la suficiente cantidad de guardia. Una mujer pelirroja se acercó al auto, me abrió la puerta e indicó que bajara. Me extendió la mano para saludarme.

—Licenciada Kupferschimdt, mucho gusto.

—¿Licenciada en qué?

—Psicología.

Estuve un instante desconcertado y después largué una risotada nerviosa. La pelirroja me miró con distancia profesional.

—¿De qué se ríe?

—No joda. ¿Para qué me trajeron?

—Necesitamos evaluarlo. Algunos de sus compañeros de trabajo han sugerido que su comportamiento no es adecuado para el desarrollo de un correcto ambiente laboral.

Mientras la psicóloga hablaba me pareció ver un movimiento sospechoso en el techo. No era seguro seguir en el patio.

—¿Le molestaría si seguimos conversando adentro? —le dije.

—¿Le molesta estar en espacios abiertos?

—No. Me hace fresco.

Dudaba si esta mujer era una torturadora sádica o genuinamente estúpida. ¿Realmente me habían llevado para medir mi adaptación al trabajo? La siguiente hora la pasé respondiendo tests psicométricos obvios. Dos cosas, sin embargo, empezaban a preocuparme: los ruidos de pasos en el techo y la llegada de dos blindados que se estacionaron en la vereda.

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