Musa (06)

Una placentera rutina se apropió de mi vida.

Despertaba cada día, escuchaba música y miraba por la ventana mientras bebía mi café.

La ciudad se vaciaba de movimiento con los años. La nube de contaminación la sumergía con velocidad cada amanecer. El mundo exterior se volvía más horrible y ajeno.

Me sentaba frente al monitor con mi café tibio y controlaba el trabajo del día. Una pequeña lista de obligaciones, después el placer a elección. Tomaba la droga y conectaba el cable tecno orgánico en mi oído.

Una de las últimas veces que salí de mi departamento fue por la operación, para colocar la conexión. Llevaba unas horas hacerlo pero debía quedarme en el hospital por esa noche. Insertaban un cable tecno orgánico (una extraña mezcla de producto genético y electrónico que nunca terminé de comprender dados mis nulos conocimientos de ciencia); lo conectaban a la corteza cerebral, dejando una entrada donde hacer el enlace con la máquina que, combinada con la droga, nos sumergía en la Musa.

Despierto, después de la intervención, en la oscuridad de la sala, con las vendas rodeándome la cabeza, vi luces brillantes frente a mis ojos. Parpadeos y explosiones y colores más oscuros que la misma penumbra que me rodeaba, todo girando a mí alrededor. Hasta el amanecer duró ese festival alucinado sin que pudiera dormirme ni por un segundo.

Por la mañana le pregunté al tecno médico, mientras me daba el alta, cuál era el motivo de esas visiones. Era un hombre delgado y serio que no tenía implantada la conexión.

“Es que su cerebro está sobrecargado de estímulos y sustancias. La combinación de la anestesia y la droga inductora del efecto RCEC produce, en cada persona que se coloca el cable tecno orgánico, efectos similares. Usted ha tenido suerte, una vivencia débil en mi opinión. Otros sufren experiencias más traumáticas. Por suerte para ellos, el implante nunca es rechazado por el cuerpo”, explicó mientras me vestía para volver a casa.

Comprendí lo que me decía, pero a la vez tuve una sensación de conclusión que se confirmó con el tiempo.

Quizás esos últimos destellos habían sido la despedida de mi imaginación. Un sueño final antes de sumergirme para siempre en mentes ajenas, antes de poseer solo los sueños que los creadores compartieran con nosotros.

Mi cerebro había cerrado una puerta.

Ahora solo me quedaban las Musas para experimentar goce en mi mente.

 

Y fue así. Y también peor.

Dejé de soñar.

Cada noche mi mente se apagaba y nada me esperaba en la oscuridad.

No fue así para mí solo. Todos los que usamos las RCEC, lentamente, dejamos de tener una vida onírica propia. Todos, salvo los creadores que jamás perdieron la capacidad de hacerlo.

Quizás porque sus mentes eran las más fuertes y salvajes, por poseer algo especial, pero ellos siguieron soñando: algunos un buen sueño, otros pesadillas, como supe después. Pero siguieron teniendo un mundo propio que les servía para crear sueños para nosotros, usuarios de imaginación atrofiada, que buscábamos desesperados un mundo nuevo cada día.

 

A partir de entonces, como decía, mi rutina era siempre igual. Las evaluaciones diarias de RCEC hasta la hora de almorzar. Después, internarme en Musas por placer, recorriendo realidades en busca de maravillas.

Y siempre, en algún momento antes de dormir sin sueños, como cada noche, internarme en la Musa de El Artífice, recorrerla buscando algo, un detalle pasado por alto. Dejándome llevar por el miedo y el placer.

 

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