Perpetua en Eribea (05)

En sus oídos sin pabellones, el sonido de la lluvia se amalgama con un zumbido creciente que baja desde el cielo. Un repentino haz de luz blanca distingue claramente el cielo nocturno y el borde curvo del techo, altísimo. Lo siguen luces giratorias, azules y rojas. Bajan.

Instintivamente se oculta tras el rectángulo de un altísimo pilar de hormigón, salvo que el instinto en un Ciclón no es más que una serie kilométrica de velocísimos cálculos realizados en forma subordinada por el microprocesador, a partir de las señales que obtiene de su carnadura humana. Simplificándolos, se puede decir que esos cálculos culminan enseguida en un resultado más o menos cercano a cero o a uno: si es cero, no conviene ni favorece la meta actual o el objetivo final; uno, lo contrario. El resultado siempre se traduce en una reacción inmediata. Cualquier incertidumbre o falta de datos lo hace tender a cero. Una manifestación electrónica de la prudencia.

Esta vez es cero, o casi: por eso se esconde tras la enorme sombra de cemento. Los pies chapotean en un charco amplio y oscuro; después, con los talones pegados a la base del pilar, sus plantas se afirman sobre algo que parece arena húmeda. El haz de luz se arrastra por la mugrienta superficie de la costa y va creando volúmenes cambiantes, poblados de ratas, insectos y gusanos.

Aparece otro haz que antes de pasar de largo para perderse en el río, se cruza con el primero, y así descubre su fuente: es un autogiro biplaza, muy compacto. Tiene las palabras POLICÍA y ARGIRÓPOLIS impresas con letras doradas en el vientre blanco.

Con la sorpresa de ir descubriendo todo lo que ya sabe, reconoce ambas palabras preimpresas en su memoria. El resultado interior vuelve a aproximarse a cero, y se acerca mucho más cuando el autogiro baja y —sin tocar la basura ondulante de la costa— deja caer a tierra a un policía con dos borceguíes bien juntos y paralelos. Un delgado haz de luz baila desde el hombro azul del policía, que camina entre las parvas de desperdicios cuidándose de hacer un disparo con su lanzallamas cada tres o cuatro pasos. Cada vez que dispara, brilla el visor de su máscara antigases, y las alimañas del basurero huyen lejos de él. Quedan encendidas algunas fogatas pequeñas, siseando sobre la basura.

Fuego, susurra el Ciclón como si descubriera esa palabra, y así oye su propia voz por primera vez. Como la lluvia, también su voz y el fuego son nuevos y viejos al mismo tiempo. Una nueva llamarada: en su interior, un pulso eléctrico indica cero, cero, cero.

Siempre en la sombra se agacha hasta quedar en cuclillas, sin mover los pies de su lugar. El frío en la piel y las náuseas ahora son males menores. El policía se acerca. El fuego y su haz de luz dibujan mejor el basural cercano: las columnas planas, desmesuradas; el aire entre ellas, cruzado por miles de moscas; el techo de hormigón armado, altísimo, con su extensión —inabarcable para la vista y para el haz de luz— lastimada de hierros y desagües, de cañerías y estalactitas provocadas por filtraciones y goteras.

El viento en la costa se embravece. Un siseo de radio: desde el autogiro, la voz metálica del piloto le advierte al explorador que no puede quedarse ahí mucho tiempo, esperándolo. El policía del lanzallamas se detiene. Panea su luz por última vez. Después vuelve corriendo a trepar al vehículo, que se eleva zarandeado por el fuerte viento y se pierde por arriba del horizonte invertido del techo.

El zumbido de la nave se extingue. Sólo queda la lluvia y la correntada. Pero cuando una nueva paz empieza a relajar los músculos del Ciclón, una voz torva sale de la misma mancha de oscuridad que lo cubre, como si esa misma oscuridad fuera la que ahora le dice:

Tuvimos suerte, compañero. Mejor que no hubo que pelear. Son bravos esos guachos, y si les matás uno, no te lo perdonan nunca.

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