Bandera roja (05)

El camino entre el Mercado Sur y la Iglesia de los Hermanos Libres en boulevard Guzmán podía ser penoso, atestado de carteles de negocios que ya no existen: La parrilla del León, La Salchicha Loca, la cantina Romagnolo. Para los jóvenes no tienen ningún sentido, pero los viejos recordamos las salidas del domingo en los 2CV de nuestros padres, para ir a comer pasta o parrillada, y tomar coca cola en botella de litro.

A pesar de ser invierno el día estaba caliente, así que la calle estaba suficientemente desierta para que no tuviéramos que separarnos y establecer turnos para entrar en la iglesia. Johnson nos esperaba en el salón central. No nos saludó, con señas nos indicó que no habláramos y lo siguiéramos. Pasando un pasillo nos mostró la puerta trampa que llevaba al sótano. Bajamos.

Prendió una lámpara de kerosén. El lugar apestaba a humedad. Estábamos a menos de doscientos metros del río, así que seguramente el sótano tendría filtraciones. Cuando la lámpara dejó de parpadear y dio luz constante, nos habló.

—¿A quién de ustedes fueron a buscar?

Levanté la mano. No sé por qué la situación me impulsaba a tratar a Johnson de una manera reverente.

Me acercó la lámpara a la cara. Me puso una mano en el cuello y me inspeccionó con una destreza rara.

—Estás limpio. —Respiró fuerte. Miró el piso, se detuvo un momento más a pensar, buscó un lugar donde apoyar el farol y volvió a hablarnos.

—Ahora estamos todos juntos en esto, así que les conviene saber qué estamos enfrentando.

Tanaka seguía imperturbable.Transmitía la sensación de que conocía de antemano lo que fuera a comentarse. Sanzio tenía la expresión de un chico al que le regalaron una caja de noventa y seis colores, quería entrar en el juego. A mi todavía me dolía el estómago.

—Esta es una guerra vieja. Según los sumerios nuestros enemigos son la estirpe de Lilitu, para los hebreos Lilith. Los chinos los llaman Jiang Shi. Llevan en el mundo tanto tiempo como nosotros. Todos los pueblos del mundo tienen cuentos que hablan de ellos, pero es poco lo que sabemos con certeza. El que se acercó lo suficiente para conocerlos no sobrevivió para contarnos nada.

Johnson hablaba con una calma, y a la vez una autoridad que hacía pensar en el Capitán de un barco o en un apóstol. Evidentemente se había preparado para estas contingencias.

—Ustedes se preguntarán por qué atacan aquí y ahora. Hasta donde sabemos muchos de ellos forman parte de la estructura política que sostiene al líder. No sabemos si pactaron con él cuando estaba en la selva tucumana, si lo contactaron a través del brujo López Rega cuando fue la toma de Buenos Aires, o si la Comandante Martínez Surez los trajo de Cuba. Lo que es seguro es que se salieron de control.

¿Por qué Johnson decía “sabemos”? Evidentemente había un “nosotros” detrás de sus afirmaciones. ¿Él y quiénes más sabían lo que pasaba? Hasta ese momento yo no había sabido de los vampiros más que por rumores y por las películas que veía en la cinemateca.

—Tienen que saber algunas cosas más: estos bichos están divididos en una guerra interna. Los que siguen al Congreso están subordinados al Líder. Esos se conforman con tener la libertad para comerse un humano cada tanto. El problema son los disidentes, esos quieren ir por todo. El partido no encara una ofensiva frontal porque no puede reconocer públicamente que existen. Y en el medio estamos nosotros…

Cuando estaba por intervenir para preguntar quiénes eran los que formaban parte del “nosotros”, sentimos ruidos que venían desde arriba. Johnson le indicó a Sanzio que detrás suyo había un periscopio que permitía ver lo que sucedía en el salón de la iglesia.

—Es la señorita Lyndstrom —dijo Sanzio.

—¿Estás seguro? —preguntó Tanaka.

—Segurísimo. No me confundiría jamás con un par de piernas.

Johnson volvió a tomar el mando.

—Señores, espero que ninguno de ustedes sea claustrofóbico.

Aseguró la puerta trampa, levantó el faro de kerosén, y con la seguridad del que conoce el camino de memoria dio media vuelta y camino hacia el fondo del sótano. Donde pensaba que había una pared se abría un pasillo muy estrecho. Podíamos pasar solamente de a uno.

—Síganme. Por ninguna razón vuelvan hacia atrás. —Los siguientes veinte minutos me resultaron más desquiciantes que la huida de Gath y Chavez. Desde que estuve en la cárcel de barrio San Martín no soporto los lugares apretados y oscuros. Demasiadas veces en la celda de aislamiento. Después de caminar unos setecientos metros vimos por una rendija la luz del sol. Johnson empujó una tabla para arriba. Era la salida. Trepamos por una escalera de madera podrida. Afuera, tardé en darme cuenta donde estaba.

—Son los restos de la sinagoga vieja de boulevard Mitre —explicó Johnson—, el túnel existe desde hace más de cien años. Los vampiros llevan aquí mucho tiempo, pero la Alianza también.

¿La Alianza? ¿Quiénes la formaban? ¿Unos viejos judíos y otros protestantes eran las fuerzas que nos iban a salvar? Johnson volvió a hablar.

—Una última cosa. Esta noche pueden volver a buscarlos. No es seguro que pasen la noche solos.

Johnson y Tanaka se fueron. Sanzio me dijo que podía alojarme en su casa. Esa noche dormí en su sofá.

Al día siguiente Roberta me miraba con asco. Me dijo que durante toda la tarde del día anterior había tenido que aguantar a unas mujeres raras que habían venido con Patricia, la pasante nueva. Tenían credenciales del partido. La habían interrogado sobre cosas que ella no entendía. Finalmente me dijo:

—No entiendo porqué el Líder lo dejó salir de la cárcel. Tendría que morirse ahí adentro.

No le contesté, pero por primera vez me resultó simpática la idea de que existieran los vampiros. Sobre todo para que alguno se alimentara y matara a Roberta, asegurándose antes de que sufriera lo que se merecía.

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