Musa (05)

Así comenzó mi primera experiencia laboral real. El trabajo me obligaba a algo que en realidad ya formaba parte de mi vida. El aislamiento.

Instalaron una máquina de las más modernas en mi departamento —el que mi familia me había dado como una forma de que no me muriera de hambre, dadas mis casi nulas capacidades de ganar dinero. El país se había vuelto un lugar de una realidad social desorbitada e injusta. Desempleo. Contaminación. Violencia. Todo había hecho que poco a poco todos nos retrajéramos lo más que podíamos.

Quizás por eso las RCEC fueron aceptadas tan rápidamente por la población argentina, aunque en realidad solamente por las personas que podían permitírselas.

Grandes edificios surcaban todo el horizonte hasta donde la vista llegaba. Las hermosas sierras de antaño estaban sepultadas bajo cemento, hierro y vidrio. Casi todos los ríos secos, salvo el que surcaba el centro de la ciudad capital, al que podía ver en los días con menos contaminación, muchos pisos bajo mi departamento, moviéndose hediondo y peligroso.

Los que no lograban alcanzar la altura edilicia en la que vivíamos, los que hacían sus trabajos en la superficie, enfermaban y morían, nos odiaban y desesperaban por llegar adonde estábamos. Pero era imposible. Aún un inútil como yo, sólo por su clase social de nacimiento podía zafar del infierno de nuestra sociedad.

Por supuesto que en relación a la tecnología y en especial a la droga, surgió un negocio paralelo e ilegal, que decían era aún más grande que el oficial. Hablaban de grandes almacenes llenos de máquinas donde la gente podía conectarse por un tiempo a cambio de dinero, sexo, asesinatos, drogas. Pero a diferencia de nosotros, ellos eran desconectados con violencia al cumplirse su turno, lo cual a la larga dañaba el cerebro y los sentidos.

Sucedía algo parecido con la droga. Nosotros, la clase alta, tomábamos la que venía importada de Europa, limpia y muy poco dañina (salvo casos extremos de adicción a las Musas). La gente que se conectaba en el mundillo ilícito tomaba drogas de pésima calidad, producidas en laboratorios ilegales, y que, a la larga, al igual que la desconexión violenta, llevaba a la locura, al retraso, a daños irreparables.

Pero imaginen: si nosotros, que teníamos una vida medianamente ordenada y simple, que no estábamos continuamente hambrientos, enfermos, desesperados, nos sumergimos a las Musas con tal entusiasmo, digo, imaginen lo que sentía la clase pobre ante tal paraíso en vida.

Como les contaba, comencé mi trabajo con felicidad, había encontrado mi vocación, mi evangelio, mi campo de juegos.

Me conectaba diariamente varias horas, navegaba por creaciones patrocinadas e independientes, señalaba las cosas interesantes de cada RCEC, recomendaba grupos de artistas a las empresas, disfrutaba como un niño, en verdad.

Encontraba muchas realidades disfrutables, pero ninguna como la creada por El Artífice, que después de mostrarnos a todos como debía ser una Musa, estaba desaparecido.

Navegué en barco. Viajé a la luna. Me perdí en bosques, desiertos, calles. Los creadores desarrollaban ciudades, paisajes, habitaciones, mundos completos y disfrutables, aunque, en mi opinión, demasiado estables y amables para con el usuario.

Mi idea era que el miedo que había sentido, luego del placer de volar, ese terror primitivo de acercarme a lo desconocido, a algo fuera de toda lógica en el contexto, era lo que le había puesto el sabor a la Musa de El Artífice.

Evidentemente, él no debía ser una persona simple, equilibrada, sino que lo imaginaba como un poeta rebelde, un músico salvaje, un pintor provocador, como mis amados, Rimbaud, Duchamp, Hendrix.

Seguí navegando por RCEC y, como una novia abandonada, busqué cada día el regreso de mi amor.

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