La marea de bronce (04)

La marea de bronce

Parado en el último escalón de la interminable escalera que serpenteaba desde la base de la montaña hasta su única entrada en la cima, el anciano miraba la danza rojiza que el atardecer dibujaba en las nubes. Sus ojos inquietos y oscuros como el carbón suplicaban en cada pestañeo para que esa danza no manifestara en su rostro la lúgubre sensación que había invadido su alma.

—El salón de los sueños yahoas está listo, maitreya —dijo Ihetzas con una reverencia ante Irtza, quien seguía mirando el atardecer.

—Debes ocupar mi lugar, estimado Ihetzas —respondió el viejo dejando demirar el horizonte y volviéndose para ingresar de nuevo en los fabulosos pasillos tallados en la montaña.

—Pero, maitreya, tu puesto en el salón no puede ocuparlo un aprendiz.

—Lo sé. Hace mucho que ya no eres un aprendiz, Ihetzas. El consejo de la luz ha decidido que es tiempo de que también tú seas un maitreya.

Ihetzas detuvo la marcha y volvió a hacer una reverencia. Irtza lo miró y le dedicó una cariñosa sonrisa.

—Me hubiera gustado que tu entrada al Consejo se diera en tiempos más calmos, pero tu nueva vida, maitreya, inicia en el tumulto y en el brío —dijo Irtza llamando a Ihetzas por primera vez con el apelativo de santo—. Esperemos que, como los correntosos ríos del norte, desemboque en un tranquilo lago y se quede así, apacible, como debe ser la vida contemplativa de un hombre santo.

Eso espera mi alma también, querido Irtza —dijo Ihetzas.

Ambos hombres siguieron en silencio a través de los pasillos y puentes excavados en el viejo monte Shatsza. Luego de caminar más de media hora, llegaron al puente de Kore, puente que sólo podían cruzar los maitreya. Dos elohim, los fabulosos guerreros del monte Shatsza, custodiaban la entrada. Irtza cruzó mientras los soldados bajaban su mirada dejando ver las fabulosas terminaciones de sus yelmos de plata. Pero cuando Ihetzas quiso pasar por el puente, los elohim cruzaron las blancas lanzas impidiéndole el paso.

Éste es el maitreya Ihetzas, elohiri —dijo Irtza.

Los soldados descruzaron las lanzas y, volviendo a bajar la mirada, dejaron paso al nuevo hombre santo.

Ihetzas cruzó el puente sin poder ocultar el asombro de estar en el corazón de la montaña, el lugar donde sólo los santos y el General de la Luz podían entrar.

—Nos espera Ehmir, Ihetzas, y no es precisamente un hombre que admire la impuntualidad —dijo Irtza para acelerar el paso de su, hasta hace poco, aprendiz, quien miraba extasiado los bajorrelieves donde se relataban los grandes sucesos de la historia de los shatszas, la guerras nagas, las siete ciudades, el hundimiento de Anteilha.

—Esto es fabuloso, Irtza: una cosa es leer los Libros Blancos y otra mirar las imágenes que demuestran esos hechos.

—Lo sé, querido Ihetzas. Después tendremos tiempo para ver los relieves. Loprometo —dijo Irtza.

Llegaron frente a una gigantesca puerta de piedra blanca que Irtza golpeó tres veces con su báculo. Después se acercó y pronunció la palabra fustfegú, “luz” en el antiguo lenguaje de los maitreya. La puerta comenzó a abrirse lentamente. Cuando ambas hojas estaban completamente abiertas, los dos hombres ingresaron en la gigantesca estancia. En el techo abovedado, brillaban tres piedras micah que iluminaban todo mejor que las antorchas. Las paredes completamente lisas contrastaban con los pasillos que habían atravesado y con el mismo techo de la estancia, adornado con imágenes de batallas donde se podía ver a los elohim en combate contra diferentes enemigos. En medio de la habitación, apoyado en una mesa que tenía esculpido un mapa, el General de la Luz, el portador del Yelmo Carnero, Ehmir, líder de todos los elohim, los esperaba con expresión preocupada.

—General Ehmir —dijo Irtza al llegar al extremo opuesto de la mesa del mapa.

—Maitreii —respondió Ehmir—. Espero que no tomen a mal mi falta de reverencia. Tenemos mucho que discutir.

—Así es, General —respondió Irtza—. Despreocúpate de las ramas caídas si es el árbol el que tiembla —agregó, y el general le agradeció las palabras haciendo, esta vez, una marcada reverencia.

—Muéstrame los planes, Ehmir —dijo Irtza, acercándose al general.

Los tres hombres se abalanzaron sobre al mapa tallado en la mesa, como si fueran tres dioses acercando sus preocupados rostros al mundo. La gran guerra, la marea de bronce, estaba por comenzar.

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