Perpetua en Eribea (04)

Daniel Clement siente la tibieza del sol que alcanza su mejilla derecha. Tras la cuadrícula de vidrios percudidos de mugre, distingue un muelle flaco y largo, con algunas embarcaciones difusas flotando sobre la superficie plateada del río. Adentro hay redes de pesca colgadas del techo, remos y cañas cruzadas sobre las paredes, una puerta de madera con un salvavidas, las letras W D L M pintadas sobre su duro círculo naranja. Por todas partes, viejas fotos de barcos y pescadores curtidos que levantan con orgullo toda clase de piezas monstruosas. En el bodegón inodoro no hay nadie más que el hombre de bigote y chaleco beige que, sentado en la silla de enfrente, acomoda anzuelos en una caja de pesca. Un mosquito lo circunda, entra y sale de las zonas de sol. La nitidez del insecto distrae a Clement.

Mi nombre es Raúl De Nápoli. Trabajaba en una compañía financiera, pero mi locura era la pesca. Los ríos siempre fueron un lugar donde el mundo no parecía proponerme la misma escalera interminable llena de hombres de saco y corbata dispuestos a pisarme la cabeza, sino un espacio de paz donde yo era dueño y señor. Flotando en cualquier botecito, yo estaba sobre todas las cosas y sobre todos los peces. Desde chico siempre me sentí bien en el agua. Mi hermano se acuerda bien de esa alegría que me agarraba. Él se quedó en Paraná: no se animó a seguirme a la gran ciudad, aunque nunca perdimos el contacto.

Aburrido, Clement baja la cabeza y se queda mirando el largo cierre de su mameluco celeste. El de bigotes sigue hablando.

La puerta de este otro río hermoso, para mí siempre fue ese muelle que se ve allá. ¿Lo reconoce? Es el muelle del Club Náutico de Quilmes. Al menos Quilmes seguro que le suena: fue el punto de la costa más cercano al epicentro. Ahí en la punta estaba parado yo, a punto de subir a la lancha. Si hubiera venido a la mañana temprano, la explosión me hubiera agarrado en otro lado. Pero ¿cómo iba a venir a la mañana en día de semana? De casualidad que ese día tenía libre solo a la tarde. Por eso vine. Digamos que me tocó ver el espectáculo desde la primera fila.

El barco estaba lejos, entrando desde el Atlántico por el canal dragado en el río. Nada de viento. Una tarde preciosa para pescar. Pero usted me la apagó en un segundo: usted hizo que otro sol blanco se tragara al barco y también al sol verdadero. Usted desató el viento y la luz blanca que se comió el agua y el cielo y la lancha y el muelle, y nos quemó a todos sin siquiera darnos tiempo a admirarla. Seguramente hubo un estruendo, pero no llegamos a oírlo porque llegó unos segundos después, y unos segundos después nosotros ya no estábamos. Ahora míreme a los ojos: ¿tiene algo que decirme sobre todo esto?

Que lo siento mucho, señor De Nápoli. De verdad.

Y sobre su participación en la catástrofe que nos borró a ciento cuarenta millones de personas en ambas márgenes del río, ¿qué tiene para decir, señor Clement?

Que soy enteramente responsable de lo sucedido.

¿Algo más?

No.

Entonces puede disponer de sus tres preguntas libres.

No quiero preguntar nada. Me siento muy cansado.

¿Está seguro?

La caja de pesca parpadea dos o tres veces y desaparece, aunque su sombra rectangular persiste sobre la mesa como una mancha difusa sobre las vetas del laminado sintético. Como saliendo de su sopor, Daniel Clement vuelve a erguirse en su banco de madera.

La verdad, sí, quisiera preguntarle… ¿Hace cuánto que estoy acá? Ya perdí la cuenta.

5.504 días, 8 horas, 31 minutos y contando. ¿Qué más quiere saber?

Nada más.

¿Seguro?

Sí.

Entonces hemos terminado por hoy.

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