Bandera roja (04)

“Usted tiene algo que nos pertenece” .

Típica frase de Cinema Noir.  Otras que escuchamos en las películas  y que secretamente esperamos el momento en que una rubia nos las diga son: “Necesito que encuentre a esta persona”, o “Tiene que buscar un pájaro de madera recubierto con joyas de los Templarios”. Sé que suenan gastadas. Son lugares comunes, pero yo trabajo atesorándolos. Mis amigos y yo, cuando pensábamos en la entrada de la mujer que nos sacudiera la modorra, y nos lanzara a la carrera detrás de un objeto precioso, la imaginábamos con el aspecto de Mary Astor en El halcón maltés.

Pero no fue así.

La señorita Lyndstrom no se parecía a Mary Astor. Si buscáramos alguna cara sería la de Hazel Brooks, la malvada amante de Don Ameche en Pacto tenebroso.  Fría, angulosa, con ese aspecto distante de las mujeres británicas. El primero en percibir su presencia fue Sanzio. En realidad lo que notamos fueron las piernas, por razones distintas. Yo, nieto de zapateros, noté la calidad poco habitual de las botas. Evidentemente no habían sido fabricadas en el país. Sanzio las miró con la alegría del encuentro inesperado. Sin llegar al gusto por el género BDSM, sabía apreciar un potencial fetiche.

Sin saludar, sin dudar, sabiendo perfectamente qué buscaba se paró delante de mí en el comedor comunitario:

—Usted tiene algo que nos pertenece.

Buscaba la carpeta que robé de las ruinas de Gath y Chavez. La idea del valor que tenía  me la dio el allanamiento que alguna brigada hizo ayer en mi departamento mientras estaba en el trabajo. Como no me secuestraron y torturaron,  deduzco  que temieron no encontrarla nunca. También interrogaron a mis compañeros de la Cinemateca. Nadie me lo dijo pero lo intuí de la cara de miedo y desconfianza de Roberta, que superó ampliamente el desprecio con el que me trata normalmente.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Dudo que sea un gusto. Para mí no lo es.

No dejaba de ser bonita de una manera rara. Mirada de cerca tenía una palidez enfermiza, casi verdosa. Sanzio la miraba fascinado. Empecé a pensar en que en tono ligeramente verde de la piel y la capacidad de fascinar la emparentaban con los ofidios.

—Llámeme Lyndstrom  No tiene mucho margen para negociar. Necesitamos los papeles del Congreso.

—No se de qué me está hablando.

—Ya va a tener noticias mías.

Se dio vuelta y se fue. Después de unos minutos de mirar los platos de comida sin hablarnos, Sanzio, muy bajo, me dijo:

—Si fuera un asunto oficial del partido, Johnson y vos ya estarían muertos. Si en cambio eligieron revisar tu departamento, y ahora vinieron a encararte es porque no tienen todas las cartas en la mano. Eso te da un espacio para negociar. Si supieras qué jugador tenés al frente.

Una voz nos interrumpió:

—Una “no muerta”. Nunca pensé que pudiéramos verla tan de cerca, y de día.

Nos dimos vuelta. Tanaka había aparecido en el comedor y presenciado la conversación.

—Vengan. Johnson necesita que nos encontremos con él.

Salimos del comedor. Me dolía el estómago. Tenía el presentimiento de que nada bueno podía salir de esta expedición. De todas maneras, mientras nadie encontrara la carpeta, escondida en el caos de la Cinemateca, podía seguir vivo.

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