Musa (04)

Salí de la Musa creada por El Artífice con el corazón dándome saltos en el pecho.

Busqué la localización del creador que me había emocionado tanto. Córdoba. Una conexión a un par de kilómetros de mi casa.

No lo entendía. ¿Cómo lo había hecho? Lo que buscaba estaba por fin disponible. Lo que había creído una posibilidad había sido creado por una persona común de nuestra ciudad.

No podía salir de mi desconcierto. Un mundo de posibilidades se abría.

Todas las sensaciones, las emociones, todos los sentidos involucrados en la experiencia. Pero no sólo eso. Además había un detalle que no se me había ocurrido hasta el momento y que El Artífice, con su genial mente, había entendido. No alcanzaba con crear un mundo, había que darle dirección. Desde su primer obra él nos llevaba adónde quería, nos hacía sentir de una forma y nos metía en su sueño o su pesadilla. Viajábamos con él de una forma tan simple que parecía haber estado siempre en nuestras manos hacerlo.

Pasó mucho tiempo para volver a sentir la emoción de esa primera vez. Pero me estoy adelantando.

Evidentemente, la obra de El Artífice no me shockeó sólo a mí. Todos los que buscábamos hambrientos en las RCEC, experimentamos su primera obra. Eso nos cambió; algunos se volvieron adictos, algunos creadores, y yo, con toda mi formación universitaria y todos mis fracasos encima, decidí que este nuevo arte necesitaría de sus exégetas.

No todos los que decidieron crear mundos tenían esa capacidad de El Artífice de desarrollarlos por completo. A un grupo de personas de Brasil, que experimentaron con la conexión de El Artífice, se le ocurrió trabajar en conjunto, desarrollando cada miembro una parte específica. Músicos, pintores, escritores, arquitectos, fotógrafos, todos construyendo en colaboración para lograr algo que intentaba acercarse a lo que El Artífice había logrado en soledad.

Un único solista, multitud de bandas, todos para saciar nuestra sed de viajes.

Ninguno logró el mismo impacto, pero estábamos agradecidos de tener mundos nuevos donde perdernos.

La cantidad de creadores se incrementó, poco a poco no alcanzaban las horas del día para disfrutar todo lo que teníamos a mano a través de las RCEC.

Y así floreció el negocio y mi ocupación principal, laboral y de ocio. Surgieron nuestros ídolos y grupos estrella. Una nueva industria, un nuevo arte.

Me contactaron de la empresa donde mi amigo, el que me permitió conectarme por primera vez, trabajaba. Querían hablar conmigo porque él les había comentado quién era y las ideas que había tenido en mi primera experiencia. Sabían que yo no era un creador pero les interesaban algunas personas que pudieran discriminar entre las calidades de las RCEC que estaban disponibles. Así podrían contratar a productores, recomendarlos en línea, y la gente no tendría experiencias insatisfactorias.

Fuimos un grupo de cuatro al principio. “Los Críticos”, nos llamaron. Cada uno desde su casa experimentaba con las realidades disponibles y daba su evaluación. Recibíamos un sueldo, comentábamos, descubríamos a nuevos creadores y a las futuras estrellas de la disciplina.

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