La marea de bronce (03)

El sueño de Mano de Ardilla

Hacía mucho que las piedras calentadas al fuego en el centro de la tienda habían perdido el calor; sin embargo, el hombre que dormía a unos centímetros de la fogata no sentía frío. Mano de Ardilla, hechicero del pueblo de las praderas, no dormía por cansancio o porque la noche estuviera atravesando el mundo; había inducido el sueño para buscar respuestas. Esa misma tarde, mientras caminaba rodeado de varios guerreros de su tribu, vio una nube negra en forma de tortuga en medio de las blancas nubes de los últimos días del invierno. Su brazo atrofiado se había puesto frío como los lagos del norte y su corazón palpitó como una manada de búfalos cruzando las praderas. Era la señal que nadie quería ver. Debía contactarse con el viejo Miska, el único hombre que había visto a un Shatsza y el maestro que lo había iniciado en la hechicería y en los misterios de la profecía de la nube tortuga.

Mano de Ardilla soñó. Se vio a sí mismo en una gigantesca canoa con hombres de todas las tribus, incluso vio extraños pueblos ataviados para la guerra. Soñó que estaba en el Cañón del Río de Arcilla, y que éste se volvía rojo. Mano de Ardilla tocaba el agua y comprendía que llevaba sangre. Vio también a hombres de plata, altos y fornidos, con extraños yelmos y grandes escudos. Se enseñoreaban sobre el río, se enseñoreaban sobre las praderas y los lagos, sobre las montañas y los desiertos. Conquistaban. Conquistaban y asesinaban. El tiempo de los hombres de piel cobriza había llegado a su fin. Mano de Ardilla luchaba para despertar de la reveladora pesadilla pero algo lo retenía en el sueño. El Río de Arcilla desapareció abruptamente y se vio en las praderas; tenía un hacha en la mano y lo rodeaban tres hombres de plata. Uno de ellos se acercó y, antes de que Mano de Ardilla le arrojara el hacha, se arrodilló y le hizo una reverencia que el hechicero no comprendió. Luego el hombre de plata se puso junto a él y ambos enfrentaron a los otros dos. En medio de la batalla, sonó un cuerno de carnero y todo se detuvo. Mano de Ardilla vio una luz y desde la luz una voz se dirigió a él.

—Miska, el venerable, me dio tu nombre, wicasa. Ve al Bosque de Los Conejos y espérame allí.

—Sí, maitreya —respondió Mano de Ardilla reconociendo en esa voz a Irtza, el peregrino, máxima autoridad de los shatsza.

Luego el sueño se volvió apacible y, poco a poco, Mano de Ardilla comenzó a despertarse. Cuando se incorporó, aún era de noche y el frío se hacía sentir en la tienda. Se levantó para avivar el fuego y repasó el sueño. Las señales eran inequívocas, los hombres de bronce se enfrentaban a su aniquilación, a entregar el destino del mundo a los hombres de plata. Las señales marcaban el tiempo donde se sumergiría en oro y sangre al círculo que mantiene a los hombres conectados al Gran Espíritu. Había llegado el fin. Además, pensaba mirando fijamente el fuego que volvía a crepitar, Irtza lo había elegido y eso significaba tan sólo una cosa.

Miska, el venerable, estaba muriendo.

_______

Ir a episodio:

Siguiente

Anterior


Ver listado

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s