Perpetua en Eribea (03)

Nace cuando termina de consumir los últimos nutrientes de la cara interna de la esfera. Adelgazada al máximo, la superficie se resquebraja y del huevo cromado —ahora sucio y menos brillante, casi transparente— no sale un ave ni un reptil: aparece un hombre nuevo de unos treinta años, alto, de tez blanca y cabello corto, castaño. Está desnudo y en óptimas condiciones físicas, salvo por las orejas ausentes: un agujero llano a cada lado de la cabeza. Una noche sin estrellas y el hedor de la basura reciben su primitiva confusión mental sin reverencia alguna.

Contiene la respiración. No le teme a las enfermedades que seguramente pululan en el basural, sino al aire libre en sí: es una sorpresa que una parte de su cerebro no incluía. Ciertas indicaciones relativas a un casco y un traje protector siguen en él, pero no operan porque una contraorden sobrescrita en su memoria las anula: al salir de la esfera podrá respirar sin problemas. Contra lo establecido por otros bloques más débiles de información en su cerebro, habrá aire. Cuando no puede más, llena los pulmones y lo verifica. A pesar del olor cargado y dulzón de la basura quemada, se puede respirar.

Se libera de las conexiones muertas, controla las náuseas y empieza a caminar con cierta torpeza. Encuentra otra esfera, no lejos de la suya: una excrecencia ácida la ha resquebrajado. Fallida, eclosionada, muerta. No es necesario inventariar los restos de lo que quedó ahí dentro, a medio hacer. ¿Habrá alguna otra que haya completado el proceso igual que la suya?

Se mira las manos. Está vivo y comprende.

Sigue hacia la orilla, entre montañas de basura. Se detiene en el límite demarcado por las últimas columnas de hormigón: escucha los rumores mezclados de la lluvia y el río. Tras la cortina de agua, en el horizonte distante —y sólo allá— se distinguen algunas estrellas. Arriba de su cabeza el cielo sigue oculto por el alto cemento.

Lluvia. Es la primera vez que la ve y que la oye —ya ha reajustado la ecualización para compensar el accidente de sus orejas—, pero es como si la conociera desde hace mucho tiempo. El mismo tipo de pretercognición se repetirá con la tierra fría en la planta de los pies, con el viento en la cara, con el repentino sudor en la base de la espalda.

Comprueba sus propios movimientos: qué capacidad máxima tiene el cuello para girar, cómo las manos pueden convertirse en puños y volver enseguida a ser amistosas, cuán alto puede saltar y hasta dónde puede agacharse, encogerse, esconderse. Sabe que piensa y que existe. Lo sabe tal como lo sabría un hombre, pero también sabe que no lo es. No exactamente. No se le ha ocultado que su vida es finita, y que la tiene para alcanzar un objetivo.

Conoce, desde ya, cuál es ese objetivo. Lo que no sabe aún es cómo logrará alcanzarlo. Tampoco dónde acaba de nacer ni qué son esas luces rojas y azules que vuelan en parejas y cada tanto disparan un haz de luz blanca que registra, frenético, la superficie del río.

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