Bandera roja (03)

Johnson tiene el carácter grave de sus ancestros. Como descendiente de los Hermanos de Plymouth, es mesurado, racional, y hace un gran esfuerzo en escuchar. Desconfía de cualquier reunión basada en la agitación y la adhesión irreflexiva. Detesta tanto las asambleas del partido como las de las iglesias mesiánicas que han aparecido en forma secreta en los últimos años. A pesar de todo esto, nos llevó anoche a conocer la locura.

Faltaba una hora para el toque de queda cuando sentí el timbre. En la puerta estaban Johnson y dos jóvenes. Eran unos muchachos que se dedicaban con él al estudio de textos antiguos. Mi amigo les enseñaba el arameo. El más joven, creo que se llamaba Pablo, tenía información de que la versión oficial del derrumbe de Gath Y Chavez escondía más de lo que contaba. Además, como habían sido alumnos destacados en la Universidad, tenían salvoconductos que les permitía moverse por la ciudad a pesar del toque de queda, para cada uno de ellos y a un acompañante. La oportunidad para explorar estaba servida.

La calle estaba completamente vacía. No había guardia en la plaza San Martín. El muchacho mayor dijo que seguramente la custodia habitual liberaba la zona para que los vampiros pudieran actuar tranquilos. Seguimos por calle San Martín y doblamos por 9 de Julio. Casi no había luz, a pesar de que alguna de las viejas farolas esféricas de la peatonal todavía funcionaba. A mitad de cuadra estaba el edificio de lo que alguna vez había sido una tienda departamental. Parecía un castillo viejo. Desde las puertas rotas se reconocían las escaleras mecánicas.

Entramos. No había nadie que nos lo impidiera. El ambiente era irrespirable. Flotaba en el aire una  mezcla de olor a suciedad y basura podrida. La planta baja estaba completamente vacía. Buscamos las escaleras laterales, las mecánicas del hall central no nos parecieron seguras. Los alumnos de Johnson estaban demudados. Se movían como si estuvieran en una iglesia abandonada. Nunca habían conocido un centro comercial. Recordé que a la altura del centro del salón estaban las escaleras secundarias y subimos al primer piso. Pasamos al costado de la caja del ascensor. Adentro de mi cabeza resonaba el recuerdo de la voz del ascensorista diciendo “primer piso, calzado, ropa de damas”. Esta planta era  tan ruinosa como la anterior, pero había restos de mobiliario del hospital de campaña que se había montado durante el sitio de la ciudad.

Le propuse a Johnson que nos dividiéramos para revisar. Yo me quedaría con Pablo en el primer piso, y él subiría a la siguiente planta con el otro muchacho. El olor nauseabundo se ponía más pesado. Pablo empezó a contarme que antes de entrar a la universidad había trabajado en un matadero, pero que esto era peor. Como estaba nervioso no paraba de hablar, contó que había estudiado sociología y que se había recibido con la medalla de honor del partido, que el gobierno le había asignado el comité de vigilancia revolucionaria de Barrio Pueyrredón y que ahí había entrado en contacto con una chica sospechosa de prácticas religiosas. Le dije que se callara. No era difícil de imaginar el resto de la historia. Cuando se es joven se cree cualquier estupidez, como el poder transformador del amor, o la existencia del amor mismo. Traté de agudizar el oído. Se sentía un crujido que podía ser una ventana moviéndose, los pasos de Johnson en el segundo piso o una respiración asmática. No puedo distinguir claramente porque me dejaron un oído sordo de un golpe en un interrogatorio de rutina.

En el medio del salón nos encontramos con un fichero. No parecía corresponder al lugar: era más moderno y no tenía la misma cubierta de polvo que el resto de los muebles. Saqué unas carpetas y las guardé en el bolso para revisarlas más tarde. No terminaba de hacerlo cuando sentí el golpe en el techo, los gritos desesperados y la voz de Johnson:

—¡Salgan!

Corrimos por la escalera. Johnson casi nos atropella. Cuando llegamos a la puerta de la tienda Pablo me frenó. Se notaba en el piso la sombra de algo moviéndose por encima de nosotros. Nos quedamos quietos. Johnson estaba pálido. Apretaba los dientes  Pensé que iba a llorar. Posiblemente, eran la bronca y la impotencia contenidas, más que el miedo. Pablo en cambio parecía un perro chico. Se nos pegaba buscando protección. Cuando no vimos más la sombra moviéndose en el piso, salimos. Sentimos un crujido y el ruido de algo pesado cayendo frente a nosotros. Cuando nos dimos cuenta de que era la cabeza del otro alumno corrimos lo más rápido que pudimos.

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