Musa (03)

Hacía unas semanas que había comprado mi RCEC; la había usado conectada en línea y, más allá de algunos paseos aburridos por distintos lugares recreados por usuarios, no encontraba nada más. Me daba cuenta de que, así como lo que creaba yo era deficiente, la mayoría de los usuarios aún no había encontrado su potencial.

El sistema tenía una playlist, como me gustaba decirle, en donde veías un ranking de todas las RCEC subidas al sistema. En ella se veía cuánta gente había estado conectada en cada creación, con el nombre de usuario. Ninguna se destacaba en especial entre toda la mediocridad reinante.

Entonces una tarde, luego de un paseo en bote en el que el movimiento y el viento marino eran pobrísimos, apareció un usuario nuevo, el primero con un seudónimo, no con su nombre real como era costumbre.

El Artífice.

No me conecté a su creación inmediatamente. Solo observé cómo rápidamente subía en el ranking.

Decidí dejarlo para el otro día, necesitaba descansar. Aún trabajaba como corrector literario para un editorial de libros de autoayuda y mi cerebro estaba embotado por la sobrecarga de información basura.

Pero en medio de la noche desperté con una cierta desesperación y encendí la máquina nuevamente.

En la oscuridad de mi habitación me coloqué el casco (aún no me había realizado la instalación orgánica), tomé la droga y esperé.

Fue distinto a todo lo anterior. Hasta ese momento la realidad se cargaba lentamente, por partes, hasta recrearse en toda su posibilidad, con más o menos desarrollo. Pero cuando me conecté a ese primer mundo ensamblado por El Artífice, todo fue instantáneo. Una epifanía, diría.

Vi el cielo azul sobre mí, nubes, y debajo, lejos, muy lejos, mi ciudad, Córdoba, como dibujada a mano, con pequeños detalles y manchas que asemejaban su casas, calles, gente, edificios.

Volaba.

Como en un sueño vívido. Sentía el viento, el frío, el vértigo, todas las emociones que uno podría experimentar en la situación, todo con una claridad que daba miedo y emocionaba a la vez.

Volé durante horas. El mundo era infinito y yo lo recorría sin detenerme.

Hasta que a lo lejos divisé la torre. Un cilindro negro que subía torcido hacia el cielo y desaparecía donde mi vista no llegaba. Sentí miedo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No podía detenerme. Me dirigí en línea recta a la torre y poco a poco vi su superficie, rugosa y de un azul tan oscuro como la noche.

Desesperado, traté de moverme, de mirar hacia otro sitio, pero mi cuerpo y mi mente se dirigían hacia ella.

En silencio, aunque traté de gritar con todas mis fuerzas, me sumergí en la pared de la torre. La oscuridad me tragó.

Y entonces me desconecté.

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