La marea de bronce (02)

La última noche de las lanzas

Kimen Mapu se apoyaba sobre su larga lanza y oteaba el horizonte en busca del fulgor de las antorchas. Sus hombres, heridos y cansados, volvían a tomar lugar y se formaban en torno a él. Venían a marcha redoblada desde el Tanko Azul, la fortaleza sapaninti ubicada en la frontera entre el imperio del Sol y las tribus huenches.

Kimen ordenó a Mehucur, su capitán, que organizara el escape de mujeres y niños.

—Los sapaninti no deben estar lejos, lleva a las mujeres y a los niños hacia la montaña. El bosque del  Huemul los protegerá por ahora —le dijo.

—¿Los sapaninti nos atacarán de noche? ¿No es que sólo presentan batalla cuando el sol está arriba en el cielo? —preguntó el capitán, incrédulo.

—Van a terminar el trabajo que hicieron en el Tanko, Mehucur —contestó Kimen Mapu—. Apresúrate, y que nadie deje de caminar hacia el país de los ciervos; en el Bosque del Huemul se podrán esconder por un tiempo.

—Sí, Kimen: apenas inicien la huida, volveré con ustedes.

—No, quédate con ellos: guíalos, Mehucur. No es una orden para que obedezcas, es un pedido. No cometas mi error y escucha las señales que reciba la maaki, yo no escuché a los espíritus y nos puse en esta posición. Todo nuestro pueblo con un pie sobre el vacío. Escucha bien, Mehucur: en esos que huirán contigo está el futuro de los punchen. Sé un gran líder. Los que quedamos aquí sólo somos la barrera, el árbol caído sobre el río para que la inundación no nos borre de la tierra.

Mehucur miró a su jefe y entendió que los sapan no venían a conquistarlos; la expedición de los soldados del imperio tenía sólo un objetivo: la aniquilación de su tribu. Mehucur se dio vuelta y corrió hacia las tolderías; nunca volvió su cabeza para mirar a Kimen Mapu y a los mil punchen que esperaban detrás del arroyo. No quería que su jefe lo viera llorar.

Kimen vio cómo Mehucur se perdía en la oscuridad y se volvió para caminar entre sus hombres preguntando cómo estaban. Revisaba heridas y ordenaba que los más golpeados se ubicaran detrás, en las últimas líneas.

—Ésa es una herida para sentirse orgulloso, Jurá —dijo parándose frente a uno de los punchen más fuertes.

—Sí, Kimen, un bello corte de bronce chanka —respondió Jurá mirándose el brazo surcado por un trapo ensangrentado que le cubría la herida.

—Khona tendrá que hacer muchas cosas para entrar en el toldo de sus antepasados —dijo el jefe.

—Creo que mi hijo será un gran guerrero, Kimen. Cuando lo veo moverse, siempre me recuerda a un puma.

—Es cierto, Jurá, sobre esos niños está la carga de nuestra gente, sé que Khona y Mhuencalfú serán grandes líderes para los punchen —dijo Kimen con semblante sombrío y la mirada perdida recordando a su hijo. El jefe punchen puso una mano sobre el hombro de Jurá y volvió en sí dibujando una sonrisa en su rostro. Luego siguió caminando entre sus hombres y volvió al frente de la formación.

Las gruesas lanzas punchen se elevaban hacia el cielo nocturno moviéndose ansiosas. No pasó mucho antes de que se vieran las primeras antorchas apareciendo en el horizonte. El sonido de un ejército considerablemente grande comenzaba a llegar a las filas de los hombres de Kimen. La música de los caracoles, típico cuerno de batalla de las tropas sapaninti, cortó el aire de la noche. Las antorchas parecían ocupar hasta donde la vista quisiera mirar. Los punchen aferraron sus manos a las lanzas y miraron cómo el agua poco profunda del arroyo reflejaba el fulgor naranja del fuego que portaba el ejército sapan.

El caracol mayor volvió a sonar y el masivo ejército se detuvo a unos cien metros del arroyo y de los punchen formados detrás. Kimen y sus hombres pudieron ver al general Rumanic levantar su brazo derecho en señal de espera. Iba montado en una gigantesca llama negra. Su guardia personal la conformaban cuatro mapinguaris, los terribles hombres salvajes de las selvas de Cíbola.

—Rumanic —dijo Kimen dándose vuelta y mirando a sus hombres—, saben que deben mandarnos lo mejor que tienen, hermanos —agregó, y sus hombres estallaron en un grito de guerra atronador.

Rumanic ordenó entonces avanzar a los honderos seguidos por las tropas yanoconas, una leva pobremente armada y entrenada que sólo servía para observar el movimiento del enemigo en el campo. Los honderos causaron varias bajas en el centro de la formación punchen, pero los yanoconas fueron repelidos fácilmente por las líneas de lanzas. Rumanic ordenó entonces el avance de los legionarios del Sol —la élite noble del imperio— sobre el centro y el flanco izquierdo punchen. El flanco derecho quedó para los fabulosos guerreros chankas. La resistencia punchen fue tenaz, pero el empuje de los legionarios rompió las líneas en los flancos, encerrando al centro en un movimiento de tenazas. La suerte estaba echada. El mismo Rumanic, seguido por sus mapinguaris, se lanzó al ataque para ultimar a los punchen.

Kimen Mapu murió de rodillas, apoyado en su lanza, con la sangre mezclándose como tiras rojas en su cabellera entrecana. Delante de él yacía Jurá con su cuerpo donándole la sangre al arroyo.

Rumanic miró al jefe punchen e hizo una leve reverencia.

—Agradezco al destino que el sol no haya visto la muerte de este hombre —dijo, y ordenó a su ejército volver al Tanko.

Dejaría vivir a las mujeres y niños de ese pueblo.

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