Perpetua en Eribea (02)

Una mesa cuadrada, de bar, junto a la ventana con el vidrio empañado. Del exterior apenas se distinguen las luces rojas de los autos, difusas, y vagas siluetas de personas que tal vez corren para guarecerse de la lluvia. Cruzan la calle para tomar un colectivo, quizás en plaza Miserere: la mole de la estación de trenes se adivina un poco más allá. Sobre la mesa, mucho más precisos, el tablero de ajedrez, la azucarera brillante, el servilletero de plástico con el logo del Website de la Memoria y una taza de café humeante que no ofrece ningún olor. Todo está servido del lado del viejo; del lado de Clement no han dejado nada. El resto del bar está vacío. Ni rastro de los mozos. Todos los asientos del bar son sillas de estilo vienés, excepto el de Clement: él está otra vez en su incómodo banco sin respaldo.

En el tablero todas las piezas se encuentran en su posición inicial, excepto el peón de la dama blanca. Está dos casillas más adelante, como si Clement ya hubiera iniciado la partida. El viejo jugaría con las negras, pero no parece tener intención de hacer ningún movimiento. Observa a Clement con seriedad antes de hablarle.

Me llamo Jacobo Kuperman. Alguna vez fui el dueño de una fábrica de textiles fototérmicos en el barrio de Once. No me iba demasiado mal y pude jubilarme. Me gustaba tomar un café todas las tardes. Si no había lugar en La Perla 6, podía ser en el 7. Los dos bares me gustaban, pero prefería acá, en el 6, porque acá además podía jugar al ajedrez con Ricardo Alemián. Buen amigo y buen jugador. Seguramente tendrá oportunidad de hablar con él: los dos vimos juntos el resplandor que venía por el cielo comiéndose los edificios. Los hijos de Ricardo ya vivían en Porto Alegre, por suerte. No hay noche que no busquen entre las estrellas sin acordarse de usted, señor Clement. Ahora míreme a los ojos: ¿tiene algo que decirme sobre todo esto?

Que lo siento, señor Kuperman.

No le creo.

Quise decir que lo siento mucho. De verdad.

Y sobre su participación en la tragedia que aniquiló a mi amigo, a mí y a otras ciento cuarenta millones de personas en ambas márgenes del Río de la Plata, ¿qué tiene para decir, señor Clement?

Que soy el responsable de lo sucedido.

¿Qué parte de esa responsabilidad le corresponde?

Soy el único responsable.

¿Algo más?

No, nada más.

Entonces, señor Clement, puede disponer de sus tres preguntas libres.

No quiero preguntar nada. Me siento muy cansado.

¿Está seguro?

Sí.

Entonces hemos terminado por hoy.

_______

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