Bandera roja (02)

Siempre hay problemas.

Al habitual toque de queda se le suma la aplicación de la ley de Seguridad Pública. Para la mayoría no significa nada que se prohíba la circulación por la calle en grupos de más de tres personas. Después de todo, el estado de sitio está vigente desde hace más de treinta y siete años. La mitad de la población no conoce otra cosa.

Roberta me avisó a la mañana, con su mejor cara de sospecha, que durante la noche se había cometido un crimen contra nuestros aliados en la revolución: un agregado militar de Corea del Norte había aparecido muerto cerca del Batallón 141. Me pareció raro. No se me ocurre que un defensor de la revolución tuviera alguna actividad pendiente por la noche en una zona llena de prostitutas o que a los vampiros se les hubiera ocurrido incursionar en la gastronomía exótica.

Al mediodía fui a comer algo al Salón Comunitario del Mercado Sud. La comida es espantosa pero el lugar me permite encontrarme con Tanaka, Sanzio y Jey Johnson. El Salón es lo suficientemente público como para no levantar sospechas y a la vez nos provee de sectores donde se puede conversar sin que nos escuchen.

¿Qué tenemos en común? Somos viejos. Todos recordamos el tiempo anterior al Líder. No era mejor. También que fuimos y somos sospechosos. Sanzio estuvo tres años en reeducación por dibujar historietas de ciencia ficción, Johnson dieciocho meses por coleccionar biblias. A Tanaka solamente lo inhabilitaron para ejercer el derecho por intentar defenderlos. De todas maneras, en la Argentina del Líder no hay lugar para litigios particulares.

Cada uno de nosotros tiene pequeñas manías. Algunas sin importancia. Otras peligrosas. Sanzio, por ejemplo, colecciona pornografía norteamericana de la década del ochenta. Por suerte, cuando le allanaron la casa no encontraron nada porque había enterrado las máquina de VHS y los cassettes en el jardín. Hubiera tenido que explicar como consiguió la máquina en el mercado negro, donde cada tanto le venden algo de Traci Lords, Nina Hartley o Vanessa del Río.

Tanaka estaba locuaz, alterado. Por lo general tiende a escuchar y hablar poco, herencia de sus ancestros japoneses. El tema excluyente de conversación era el crimen del coreano. Tanaka decía que sin duda se trataba de un Kappa. Un vampiro que vive en el agua. Sanzio empezó a teorizar sobre si los Kappa podían esconderse en el inodoro y chuparte todo el aliento vital desde el ano. Una vieja con la insignia del partido prendida en el pecho empezó a mirarnos con cara de censura. Bajamos la voz. No podíamos seguir la conversación en la calle porque éramos cuatro.

A la media hora nos obligaron a desocupar el Salón comunitario. Supuestamente tenía que ser desinfectado con urgencia para ser utilizado para tareas gubernamentales. Nos despedimos y cada uno volvió a su trabajo.

En vez de volver a la Cinemateca salí a caminar por el centro. Por la calle 9 de Julio, cerca de las ruinas de la Tienda Gath y Chavez un grupo de soldados coreanos con equipo antidisturbios se preparaba para entrar en el edificio abandonado. Quise acercarme a ver pero no pude. La policía de Córdoba, que asistía al operativo salió a dispersar a las pocas personas que caminábamos por la calle.

Más tarde en casa, escuché por la radio que en un supuesto simulacro de emergencia murieron cinco coreanos por un derrumbe. Seguramente nunca vamos a ver imágenes de los cadáveres.

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