La marea de bronce (01)

El Monte Shatsza

Miska, el hombre santo de la tribu de los Cree, levantó la mirada buscando la silueta del monte aún visible en medio del anochecer; las praderas se cubrían ya con la noche y las fogatas empezaban a aparecer aquí y allá como dientes anaranjados en las oscuras bocas del mundo. El viejo hechicero no quitaba la vista del cerro e incluso siguió con su mirada clavada en el horizonte cuando la noche cayó en su magnitud y el monte fue ya indistinguible.

Sentado, un poco alejado de la fogata, rechazó la carne que le llevaron las mujeres y se negó a acercarse más al fuego cuando los hombres más jóvenes le pidieron consejo. El jefe Pluma de Cuervo se acercó al viejo y se sentó junto a él.

—Venerable Wicasa Wacan, me preocupa el sentimiento que se dibuja en tu rostro, ¿qué ocurre? —dijo el jefe entendiendo que era oportuno no dirigirse al viejo como a su amigo, sino como al hombre santo que cuidaba el equilibrio entre los hombres y el Gran Espíritu.

—Desde niño sabes, Pluma de Cuervo, que todo es un círculo, que el hombre camina sobre sus bordes buscando el calor y muchas veces encontrando el frío —dijo el viejo, sin esperar réplica—. Hace unas veinte lunas, un águila blanca me dejó un mensaje de los Shatzsa —continuó Miska—. Estamos ante un hecho inusual, el círculo de la vida se borra y, como los círculos que se forman en el agua cuando cae en ella una piedra, éste se partirá para formar círculos más y más grandes. Hasta que encuentre una piedra o la rivera que deforme el círculo. Algo ha cambiado, algo cambiará.

Después de mirar fijamente el fuego, el viejo hechicero le pidió ayuda al jefe para ponerse de pie.

Sólo alcanzaron a dar unos pasos cuando, de repente, se sintió un cimbronazo en la tierra y un sonido grave —que percibieron con una vibración en todo el cuerpo— inundó el campamento. Cuando el cimbronazo se detuvo, se produjo un silencio tan profundo que les tapó a todos los oídos.

Cuando volvieron a caminar hacia la tienda del jefe, se sintió una explosión parecida al bramido de un búfalo gigantesco que nadie había escuchado en esas tierras. La cima del monte Shatsza se iluminó, como si de ella naciera una luna.

—Ya están aquí —dijo el viejo.

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