Perpetua en Eribea (01)

Primera parte

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Después de decidir que Ares, el dios de la Guerra, debía ser su primer prisionero,  fueron a Tracia, lo desarmaron, lo ataron y lo encerraron en una vasija de bronce que escondieron en la casa de su madrastra Eribea…

ROBERT GRAVES

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La habitación parece limpia. Cortinas blancas y soleadas. Quizás el comedor de algún viejo departamento de Buenos Aires a la hora de la siesta. Se escucha el péndulo de un reloj y el tránsito incesante de una avenida, varios pisos más abajo. No se destaca ningún olor en particular. Los muebles son anticuados, cosas heredadas: una vitrina con vajilla y fondo espejado, una mecedora, una alfombrita ovalada, una mesa baja con revistas viejas y un folleto grande con el logo del Website de la Memoria. El único mueble fuera de lugar es el banco sin respaldo en el que está sentado Daniel Clement: un corchete apaisado de madera áspera y ordinaria, como la de los antiguos cajones de fruta, pero mucho más fuerte. Algo realmente incómodo. Si Clement acariciara la superficie del banco, sus palmas terminarían sembradas de astillas.

Sentada en la mecedora, justo frente a él, una mujer de rostro arrugado lo observa con dureza. Luego de un largo silencio, la mujer habla.

Mi nombre es Sara Peñalba. Cumplí cincuenta y ocho años. Trabajaba con mi marido en un almacén cercano a la plaza del Congreso. Una vida de sacrificio y pocos lujos. También tenía una hija. El 11 de mayo habíamos ido juntas a la modista, para terminar de ajustar lo de su vestido. Iba a casarse ese fin de semana. Estaba tan contenta… Las dos, muy felices. Esa mañana la acompañé a Retiro. El casamiento iba a ser en Rosario, su novio era de allá. Mi marido y yo íbamos a viajar un par de días después para la ceremonia y la fiesta. Yo también me había mandado a hacer un vestido. Color guinda. Por supuesto, no pudimos ir. Mi hija nunca nos volvió a ver. Ella quisiera que usted sepa que lo odia más que a nadie en el mundo. Ahora míreme a los ojos: ¿tiene algo que decirme sobre todo esto?

Que lo siento mucho, señora. De verdad.

Y sobre su participación en la catástrofe que nos mató a mí, a mi marido y a otras ciento cuarenta millones de personas en ambos lados del Río de la Plata, ¿qué tiene para decir, señor Clement?

Que soy enteramente responsable de lo sucedido.

¿Algo más?

No.

Entonces puede disponer de sus tres preguntas libres.

Daniel Clement baja la cabeza, nevada de canas.

No quiero preguntar nada. Me siento muy cansado.

¿Está seguro?

Sí.

Entonces hemos terminado por hoy.

*

* * *

*

Desde el baldío occidental del Río de la Plata pudo haberse visto como una lejana colilla de cigarrillo escupida por un cielo tormentoso. El cilindro apenas aguantó su reentrada: se incendió enseguida por el extremo inferior y se fue poniendo al rojoblanco a gran velocidad, lo que echó a perder más de dos tercios de la carga hundida en sus canaletas laterales.

Si hubiera podido verlo, Daniel Clement lo hubiera tomado por un resultado exitoso: el Transporte estaba diseñado para convertirse en chatarra abandonada luego de un suave alunizaje, no para la violenta fricción de un regreso a la Tierra. El impacto con la ancha superficie del río terminó por destrozar la coraza exterior. Las cubiertas circulares se retorcieron y saltaron: la inferior, ennegrecida y humeante; la otra todavía plateada, pero deformada por la torsión sufrida por la estructura.

La mayoría de las esferas en las canaletas ahora parecían carbones mojados, inservibles; sólo tres en la parte trasera conservaban todavía su brillo cromado. Todas las esferas, sanas o no, rodaron fuera de los surcos del cuerpo cilíndrico y salieron a flote como boyas en un nido de humo y siseos. El agua, negra y pestilente, ni viva ni muerta, las enfrío con rapidez. El cilindro se fue hundiendo mientras la correntada acercaba las esferas a la isla.

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