Bandera roja (01)

La mañana fue la de un día cualquiera en Córdoba: el viento de agosto, la tierra volando, el desayuno pobre y desabrido, la bandera roja en lo alto del mástil y algún cadáver tirado por ahí. Porque hoy apareció otra víctima.

Cuando la noticia salga en el diario de mañana va a decir que fue un suicidio, un crimen pasional o, todavía mejor, que un ciudadano ejemplar, militante del partido, había sido víctima de un atentado del imperialismo apátrida. De todas maneras nadie lee los diarios, y los que lo hacen no creen lo que está impreso. Salvo, por supuesto, los miembros del Comité de Defensa Revolucionaria.

Para integrar el Comité basta con ser joven y estúpido, condiciones que se dan muy bien en mi supervisora Roberta. Roberta María pertenece a esa clase de idiotas útiles. Es de la generación donde las chicas se llaman Roberta, Carla, Federica o Ernestina. No apareció ninguna Lenina porque el Partido lo prohibió. Alguno de los intelectuales cercanos al Líder leyó Huxley antes de ponerlo en el Índice de Libros Prohibidos. Por suerte no hay manera de hacer un femenino de Mao, pero en una gira por Salta que hicimos con la Cinemateca conocí una chica que se llamaba Zedonga.

Las chicas como ella no solamente tienen nombres de héroes marxistas, también practican un odio feroz hacia cosas y personas que no conocieron ni conocerán. Seguramente por esa capacidad de ser una idiota obediente fue que designaron a Roberta para que me supervise.

Tener prohibido hablar de una época ya es lo suficientemente molesto como para tener que agregarle las  opiniones faltas de seso, de una chica veinte años menor. Con todo, Roberta es un recreo para la vista, se le adivinan buenas tetas debajo del uniforme.

Lo bueno de trabajar en la Cinemateca es que puedo acceder a material prohibido. Por eso sé que los ataques son de vampiros. Conozco cómo se comportan. Vi todas las películas producidas por la Universal, “la Casa de los Monstruos”. También podría reconocer las evidencias de la presencia de hombres lobo. Lo malo de la Cinemateca es que te convierte automáticamente en alguien sospechoso, un elemento divergente que no asiste a los ejercicios colectivos para quedarse  sentado mirando una pantalla.

Todo eso a pesar de que la Ministro de Cultura fue una estrella de cine. Por supuesto que las Carlas, Federicas y Zedongas no tienen cómo saber que la Comandante Martínez Suárez alguna vez fue Mirtha Legrand. En pago a sus servicios a la Revolución le borraron el pasado. Durante los años del bloqueo consiguió apoyo y alimentos de Cuba, país donde la adoraban. El Líder la recompensó con una embajada primero y el ministerio después. Un prodigio de adaptación la vieja.

Vampiros. De eso estaba hablando. Los pocos que entendemos lo que pasa tenemos hipótesis muy distintas. Algunos, más cercanos a la idea del  Partido de que todo lo malo viene de afuera, sostienen que es el resultado de un experimento yankee para destruir la Revolución, o que se trata de algún virus que transmiten los homosexuales. Son ideas pobrísimas  e imposibles de sostener; sobre todo si se tiene en cuenta que los Estados Unidos ni siquiera se acuerda de que existimos, ocupados como están en hacer negocios con sus socios rusos y chinos.

Unos pocos pensamos que los vampiros existen desde siempre y que se las arreglan para estar entre nosotros sin que los reconozcamos. Podría ser cualquiera, desde la vecina de la esquina hasta el mismísimo Líder que nos guía a una vida mejor, desde su Palacio de Gobierno de Ciudad Santucho (antes conocida como San Miguel de Tucumán).

La toponimia revolucionaria es rara: en una esquina se encuentran la que fue esposa del líder y la que fuera su amante. Dicen que antes del triunfo en Tucumán las fusilaron a las dos en la Patagonia sin que el Líder pudiera hacer nada. Ésa es una versión. Otros  cuentan que dejó que las mataran porque tenía una tercera mujer, vampira, que lo había seducido. Pero estas son historias que contamos viejos como mis amigos y yo.

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